lunes, 9 de marzo de 2009

LA BODEGA DEL TÍO SERAFÍN

LA BODEGA DEL TIO SERAFÍN

La familia de mi padre vivía en Nogales. Desde muy pequeño me pasaba temporadas que duraban meses con mis abuelos. Hubo un tiempo en el que mis cuatro abuelos residieron en el mismo pueblo. Mi abuelo Ricardo, siendo guardia civil, fue trasladado aquí.
Mi primer recuerdo, era yo un bebé, ese recuerdo que queda grabado en lo más recóndito de tu cerebro sin saber porqué, se remonta allá en la época en que yo tenía trece meses. Sé que tenía esta edad no porque yo en sí supiera que tenía esta edad, sino porque rememorando alguna vez este recuerdo a mis padres, teniendo en cuenta la fecha en que murió mi abuelo Antonio, tenía esos meses de vida. El hecho de ir a menudo a Nogales, también influiría notablemente en mantener grabada la imagen.
Mi abuelo Antonio, bata blanca, bastón de puño de plata, se pasaba la mayor parte del día en la botica. Cuando daba un paseo por el largo zaguán, tenía la costumbre de sentarse en un diván sin respaldo y sin brazos que, situado a mitad de pasillo, le servía de descanso. Estaba el diván sobrecubierto por una colcha roja con lunares blancos. Allí se sentaba y me cogía en brazos sobre sus piernas mirándome sonriente a través de aquellas gafas de redondos cristales y de patillas metálicas flexibles. Con estos abuelos y entre tantas tías aún solteras, yo era el centro de atención. Aún más, el hecho de ser el primer nieto llamado Antonio, como mi abuelo, supuso una disposición especial de mayor miramiento. Por otra parte, tenía allí a mi primo Antonio con el que me llevaba extraordinariamente bien. Siempre estábamos juntos y no íbamos el uno sin el otro.
El padre de mi primo, Serafín, regentaba un negocio bodeguero. Fue un negocio próspero durante muchos años. Después, o no quisieron o no supieron, les faltó adaptarse al nuevo sistema de embotellamiento que requería el momento, y el negocio ha ido a menos hasta casi su total disolución. Pienso yo, pues a decir verdad, hace tiempo que no voy por allá.
Tenía el tío Serafín una bodega donde se pisaba y se prensaba la uva. Llegada la época de la pisa, allí estaban los Antonio dispuestos a descalzarse y meterse en el lagar a pisar, a estorbar más bien, diría yo, con esa visión de la cosas en la lejanía, los arracimados granos de uvas. El dorado mosto salía por el caño en un permanente chorro que llenaría pausadamente la cisterna donde fermentaría el dulce jugo. De vez en cuando un vasito en el que bebíamos todos los presentes y que se llenaba al rumoroso caño del lagar. Durante los días de la pisa, mis intestinos desalojaban sin el menor esfuerzo aquello que necesariamente había de ir fuera. Tal cantidad de mosto ingeríamos, que llegada la hora de comer, nos embargaba la inapetencia más absoluta.
Todo el interior de la nave estaba rodeada por gigantescas tinajas que llegaban hasta el techo, barriles de viejo roble, cubas y toneles dispuestos al tresbolillo uno encima de otro, que servirían para el trasvase, fermentación y envejecimiento.
Cuando mi primo y yo nos cansábamos de pisar uvas, nos lavábamos los pies en un barreño de hojalata, y enfilando la carretera abajo a paso de podenco, nos íbamos a otra bodega situada a las afueras del pueblo. Era un corralón de amplias naves dispuestas para el envejecimiento del vino y cuya parte superior estaba dispuesta para palomar. En las paredes, multitud de cajones donde anidaban las palomas que, en viendo a los invasores de su tranquila estancia, daban en desbandada de ruidoso aleteo a través de los ventanales. Subíamos al palomar por una larga escalera que siempre permanecía adosada a la pared. Nuestra misión era curiosear los huevos de los nidos, así como coger en nuestras manos los desplumado pichones que abrían desmesuradamente la boca aún con chijarreras amarillas. Por el suelo del palomar anidaban los pardales de cuyos nidos latrocinábamos los huevecillos de los que absorbíamos con fruición su interior. Previamente, mirabas, no fuese que ya estuviera empollado el huevecillo y te sorbieras un pollico de pardal. ¡Cuántos pajarillos volanderos hemos asado en parrilla al rescoldo de una ligera candela!
Por la tarde, después de finalizadas las tareas camperas, los hombres solían ir a tomarse unas copas a la bodega de arriba. Había por allí, dispuestos al afecto, largos bancos sin respaldos y banquetas de madera con una ranura en el asiento lo cual facilitaba el transporte de un lugar a otro. El encargado de servir en la bodega era Tirilla. Delgado, fibroso, de paso ágil, oído fino, movimientos rápidos.
- Tirilla, una de tres cuartos.
- ... una entera.
- Tirilla, una media.
Allí charlaban, allí discutían y se fumaba empedernidamente liando con parsimonia en un papel de librito Jean, con deleite, el negro tabaco guardado en la sobada petaca. Con igual lentitud, sacaban el mechero, desliaban la mecha de fuerte color naranja, le daban una colleja a la negra y estriada ruedecilla, y la chispa saltaba encendiendo el carbonizado extremo. Con suave soplo aligeraban la incandescencia, y sin prisas, prendían el cigarrillo cuyas primeras volutas impregnaban el ámbito de azul.
Otros, se entretenían jugándose pequeñas apuestas al hoyo. Ese juego que consistía en meter no sé cuántas monedas negras de perra gorda, en un agujero de poco más diámetro que el de las monedas, enclavado en el suelo y a cierta distancia delimitada por una raya. Mientras tanto, iban bebiendo todos en el mismo vaso acompañándose con un aperitivo de queso de oveja que alguno traía liado en un papel de estraza, cortado a yescas al instante a filo de navaja campera. Altramuces, para la gran mayoría.
Al llegar la noche, oscurecida la tarde, Tirilla iba encendiendo los negros y mugrientos candiles que colgaban en la pared y algunos carburos que reposaban dispuestos sobre unas repisas. El carburo era un artilugio de cinc en cuyo interior se ponían unas piedras de este mineral en agua, la reacción desprendía el gas que salía por una boquilla horadada por un fino agujero. Al contacto con una llama quedaba encendido. La estancia así, quedaba iluminada por varios puntos de luz.
El carburo nos servía también para uno de nuestros juegos favoritos. Mi abuela, después de la muerte del abuelo Antonio, convirtió la botica en una tienda de comestibles mayoritariamente. También vendía carburo que venía dispuesto en unos pequeños bidones metálicos. Me guardaba unos cuantos de trozos en los bolsillos, y con una botella de agua, nos íbamos a un campo cercano a la carretera. Disponíamos de una lata de conserva a la que previamente la habíamos agujereado un orificio en la base con un clavo. Abríamos un hoyuelo en la tierra del diámetro de la lata y lo llenábamos de agua. Poníamos el carburo, y al momento, hecha la reacción química, tumbado en el suelo para evitar percances no previstos, aproximaba una cerilla al agujerito de la lata, y salía disparada hacia arriba como un obús. Una de las veces en que no retiré la mano con suficiente rapidez, me dio tal golpe, que tuve el pulgar varios días hinchado, pero el único que me enteré fui yo. Faltaría más. A partir de entonces ya tuve más cuidado.
Tirilla, va cobrando al contado el importe de las distintas consumiciones. Se mete la mano en la faltriquera sacando un montón de chatarra, y le da el cambio a un vejete, con boina calada y chaqueta de pana, que guiña un ojo molesto por el humo del cigarrillo que le cuelga entre la húmeda comisura de los labios.
Antonio Fdez. Bozano

martes, 10 de febrero de 2009

LA POSÁ DE L´ANTONIA

LA POSÁ DE L’ANTONIA
Las casas de huéspedes recibían el nombre de fonda, posada y mesón cuando pertenecían al vecindario de aldeas y ciudades; el nombre de fonda se reservaba para las hospederías mejor acomodadas y de más distinción, y el de venta, para la que en los despoblados, alejados de los vecindarios, servían de albergue a transeúntes y viajeros. Existían además en las ciudades figones públicos, en los cuales se suministraba el único plato del día, que solía consistir en sopa y un trozo de carne, servido en sencillos comedores privados; se servían estos platos en un cuarto viejo en una mesa larga, en medio de la cual había un cuchillo, sujeto con una larga cadena, para que pudieran utilizarlo los que estaban sentados en los extremos y no pudieran llevárselo;o bien se ponían a la venta, en plena calle, la humeante olla podrida, en grandes calderos de tres patas. Aquí era donde se reunían aquellos allegadizos huéspedes de las más diversas clases sociales, para remojar el pan seco en las escudillas colmadas y dispuestas rápidamente a cualquiera indicación. Los relatos de la época están plagados de las más acerbas quejas contra el estado deplorable de las hospederías españolas en las décadas del Siglo de Oro. Las ventas eran paraderos públicos desmantelados, de un primitivismo oriental. ( “En las carreteras se topa a veces con una casucha de miserable aspecto, provista de una mesa no mal acondicionada, pero en la cual no hay nada de que echar mano. Si alguno toma asiento, aunque sólo sea por aliviarse un poco de las fatigas del camino, tiene que pagar solamente por eso al hospedero, aunque no haya encargado nada de comer o beber, seis maravedíes por la posada y sin recibir palabra de cortesía, ni deferencia” ),-J.W.Neumair, Viaje por Italia y España-.
En la fondas de las ciudades se proporcionaba al huésped cama, sal, aceite y vinagre, pero todo lo demás tenía que procurárselo el viajero por su cuenta y razón.
El mesonero mentiroso y trapisondista pasó a ser un tipo novelesco y su nombre se tomaba en el lenguaje popular como sinónimo de ratero o catabolsas, de ahí el refrán “Nadie sería mesonero si no fuera por el dinero”.
El término de venta tiene su origen, según la etimología popular española, en el hecho de “ vender gato por liebre”, y de ahí se dio en llamar venta al punto donde casi siempre se vendía el asado de gato como si fuera de liebre.
El ser ventero o mesonero era profesión poco honrosa o considerada para los españoles de los siglos XVI y XVII, y por eso se relegaba este oficio de ordinario a la actividad de italianos, moriscos y gitanos. El ventero inmortal del Quijote perjuraba en Dios y en su ánima que, a pesar de ser ventero, era un “viejo cristiano rancio”. Gracián, sin hacer distingos ni atenuaciones, denominaba a los venteros, en El Criticón, con los apelativos de “farsantes”, “alcabaleros” y “altra símile canalla”.
Los viajes se hacían, a no ser la gente de palacio y las familias nobles, exclusivamente a caballo o en mulo y resultaba, como puede colegirse, muy incómodo. “Es cosa cómica ver al español pasearse en su macho, la mayor parte de las veces sin daga, ni botas ni espuelas, llevando a las ancas a sus criados, y delante de sí un mundo de maletas, cajas, cofres y sombreros, que impedían en absoluto ver la calle”.
Entre las ciudades de aquel tiempo, tres llevaban la primacía “hotelera” por su tipicidad e importancia: Toledo; Madrid, residencia de la corte y emporio del teatro y Sevilla, la siempre floreciente y juvenil Sevilla, la metrópoli del comercio y circulación mundial, la ciudad dichosa que sentía la alegría de vivir.
Ya sé que cada cuál es muy libre de hacer de su capa un sayo. También entiendo que las circunstancias, a veces, marcan el camino y que, el señuelo de la imponderabilidad, de la modernidad, de la comodidad, del ahorro y una cierta displicencia hacia aquello que es historia y cultura local, han hecho desaparecer elementos tan propios, tan pertinentes a nuestras vidas, a nuestro entorno, que ante la ausencia de los mismos, ha sido como si de una amputación traumática, violenta, se tratara, hiriéndonos en lo profundo de las entrañas ese desgajo que te deja siempre un vacío que perdura a través de los años. Uno de esos elementos que pervive en la memoria colectiva y deambula como un fantasma alrededor de la torre, es la desaparecida posá de l’Antonia.
Enclavada en la que hoy es una doble vivienda - Víctor Alvarado y Juanito Ramírez- en el fondo de la plaza, en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, veíase la posada, parodiando toscamente la rima de Bécquer. Era la posada el arpa que acompañaba con su rasgueo una morisca melodía interpretada en baile por la esbelta silueta de la torre en el marco de un cielo azul.
Era de estilo herreriano, de una combinación académica austera de alineamientos y relieves, con dos ventanas salientes en la fachada, del mismo estilo, si mal no recuerdo. Cerraba la entrada una ancha puerta de cuarterones en una de cuyas hojas se abría un postigo con un tirante de picaporte, postigo siempre abierto o entornado, como un alminar, en el cual se voceaba pidiendo entrada franca. La respuesta a esta petición de entrada era siempre la misma: “Quita el picaporte y dale una patada abajo”. Eso mismo hago yo en mi casa cuando por razón de las lluvias, las puertas se hinchan y quedan encajadas. No hay mejor sistema, es total y absolutamente expeditivo y práctico.Lo normal es que la puerta estuviera abierta y, es por esto, que un muchacho, aprendiendo a montar en bicicleta, cogió la cuesta abajo de la plaza y, franca la puerta, pasó con el velocípedo del primer cuerpo de casa al quinto, sin permiso y sin que nadie se lo impidiera, hasta estrellarse en el brocal del pozo enclavado en el corral. -“Parece que ha pasado un muchacho en bicicleta”- dijo el Moñi, mientras se llevaba la cuchara a la boca.
Al entrar, a mano izquierda, había una sala grande con una mesa, sillas y un aparador. En las paredes, unos cuadros con la pátina del tiempo y cagados de moscas. A la diestra de la sala se abría una puerta con visillos que daba entrada a una habitación más profunda.
A la derecha estaba situada la sala chica. Imagino, porque no lo sé, que aquí, l’Antonia, tendría una camilla con brasero en el invierno donde haría ganchillo las tardes que su trabajo le dejase libre, entre los crujidos de sonoras carcomas.
Un largo zaguán empedrado desde la entrada hasta el corral, con los laterales de baldosas rojas repintadas y brillantes, daba entrada, más hacia dentro, al salón comedor donde comía la tribu de los Ramírez alrededor de una olla de regimiento. Una campana servía de escape a los humos que producía la candela donde bullían los garbanzos, a fuego lento, al lento borbollón de un puchero de arcilla vidriada, con las huellas dactilares del alfarero estampada en los bordes, apoyado en los rescoldos. Un día, estando comiendo la tribu, unas gallinas picoteaban por la sala las migajas que caían. Entró un perro por la puerta, como Pedro por su casa, y las asustadizas gallinas, visto al intruso, se alborotaron - no hace falta mucho para que estos necios plumíferos se asusten- digo, que se alborotaron y dieron de estampida en vuelo corto, dando una de ellas, de pechuga, en la fuente de la comida. ¡Vaya estropicio “gallinovolatinero” que se armó!
En el zaguán, unas cantareras de mampostería con dos cántaras de barro rojo, rezumantes de agua fresca por sus poros, y un vasar en la parte superior que servía de apoyo a algunos vasos y platos. En un cuarto oscuro, tinajas de vino y agua.
Era una casa, larga y ancha, de cinco cuerpos, con techos de alfargías y ladrillos pintados de rojo. En el tercer cuerpo, una escalera por donde se subía a un doblado, que en tiempos de lluvia - en casa del herrero cuchillo de palo- era una pura gotera. Fernando, con ese humor que siempre le ha caracterizado, subía al tejado con el paraguas, mientras que el Moñi le indicaba golpeando con el palo de una escoba, desde el doblado, dónde chorreaba el agua, que caía a borbotones en el cubo que ya había puesto l’Antonia.
En la cuarta estancia, una cocina pequeña con una pajera para servir prontamente paja a las caballerías, y a continuación, las cuadras, caballerizas y el corral. Aquí había un retrete por donde pasaba el albañal; debía ser tan ancho, que un día se cayó un cochino y tuvieron que ir a buscarlo al Pozo Nuevo. El retrete, parece ser, era un enclave animalesco, pues allí, además, anidaba una gansa que realizaba sus pertinentes posturas. Vive y verás.
A l’Antonia no le venía de nuevo su oficio de posadera. Ya su abuela Inés había regentado una posada a principios del siglo XIX, mientras su abuelo Juan, sentado fuera en un sillón, con un látigo, ahuyentaba los perros que se acercaban al olor de la olla podrida.
Recuerdo, que de niño, la posada era el lugar donde pernoctaban los arrieros, merchantes, diteros, aceiteros, sogueros, que recrean en mi memoria una bella, vieja y perdida estampa que no volveré a ver. Los que venían con bestias, era frecuente verlos dormir, durante el verano, a la puerta, sobre jergones y aparejos, al tiempo que los animales descansaban y comían dentro.
Nació l’Antonia en Granja en 1898, en el tiempo de aquella grandiosa generación de indeleble influencia literaria, y murió en 1969 en goce de Dios. Era una mujer arriscada, con una leve sonrisa en el rostro que hacía que te acercaras y te recibiera con cariño. Peinaba un moño entrecanoso de estilo praxitiliano, que dejaba la cara,de un color moreno natural, al descubierto y despejada. Un alma caritativa que nunca supo decir que no a las exigencias vecinales, a los menesterosos, que acuciados por el hambre, se acercaban por la “posá”; a los enfermos sin cuidados familiares no era difícil verla llevar un caldito para reponerlo en la medida que fuera posible. Mujer de misa de alba al segundo toque y asidua a la misa de la Adoración Nocturna donde encendía el incensario con los rescoldos de la candela. En pos de la luz, la vida lo va llenando todo como en una resurrección activada por el sol; antes que el cántico de los gallos y el son de las campanas y las carraspeadas toses de los hombres, lo que se percibía, lo que denunciaba la existencia de la posada, era una ventana iluminada por una bombilla de quince bujías y una sombra que se proyectaba sobre la pared. L’Antonia comenzaba su trajín y así continuaría hasta bien entrada la noche.
Veintidós partos no todos logrados. En uno de ellos dio a luz dos niñas siamesas unidas por el vientre. Un caso por el que toda la Europa médica se interesó. Una era rubia y la otra morena; una, tenía los pulmones, la otra, el corazón; una, riñones, la otra el hígado; la una defecaba, la otra orinaba. Un caso de difícil solución médica en el que el desconocimiento de la época impuso un final poco feliz.
El día que entraron las Fuerzas de Queipo de Llano en la Granja, l’Antonia también estaba de parto. Parió un niño que ya, de nacimiento, venía con una pulmonía doble. El Parte Militar del día dejó constancia del hecho y de la ayuda necesaria en medicinas para su curación.
Por entonces, sesenta años atrás o más, había un rapsoda, un coplero, un poeta popular, Manolito el de la Cecilia, que tenía ciertas artes para satirizar los asuntos puntuales del pueblo. Mirad ésta que refleja la hambruna que se pasaba en aquel tiempo y cómo un determinado día, hartándose de patatas guisadas y huevos, que dudo que fueran fritos, compuso:
“Como el hambre me devora,
me puse ayer como nuevo.
¡ Qué buenísimas las patatas,
qué riquísimos los huevos!”
O ésta dedicada a Ramón Cano, el Zorrito, estando jugando a las cartas en el casino de Luciano:
“Te fuiste a la Granjuela
por librarte de la aviación.
Por el hambre que pasaste
te compadezco, Ramón.”
Manolito era por entonces una especie de amanuense o gestor que, entre otras cosas, se dedicaba a rellenar papeles, instancias, etc., a la gente. Dada la incultura de entonces, cualquiera que supiera leer y escribir estaba capacitado para ello. La coplilla que a continuación detallo le costó caro. Algún dime y diréte tuvo que tener con el comandante de puesto de la Guardia Civil para componer ésta:
Del comandante de puesto
estoy muy agradecido.
Esa persona tan buena
no tenía que haber nacido.
Dada la represión de la época, dio con sus huesos en la cárcel. Allí estaba l’Antonia para llevarle un poco de comida y no se acordara de las patatas, de los huevos y de la madre que parió al comandante de puesto. Aún la recuerdo, ya mayor, con su moño, su vestido negro, mangas remangadas hasta los codos, sonrisa abierta, a la puerta de la Posá,darle yo las buenas tardes y contestarme con un “adiós, niño”. Su recuerdo tiene para mí el tono de una estampa sepia, desvaída, como si hubiera salvado siglos desde entonces. Un pasado que hace nostálgico el tiempo ido, desacreditado por los actuales aconteceres, y al que quisiera volver, aunque la distancia y el desvaimiento le den la atrayente realidad de los sueños.
En lo alto de la iglesia, en uno de los ángulos que coronan la picota, hay un nido de cigüeñas. Los reverberos del mediodía elevan al cielo un brindis crepitante de luz y crotoraciones de las zancudas, pero noto la ausencia, plaza abajo, de la Posá de l’Antonia.

martes, 13 de enero de 2009

ESTAMPA

Se nace y se muere. Y entre el nacer y el morir, se cubren las ovejas, se limpia la pocilga, se saca el estiércol que servirá de alimento a los tomates y espinacas, se enfoscan los melones y las sandías con las ramosas hojas pecioladas, se abonan los campos de trigo manchados de rojas amapolas donde corretean los perdigones, camuflándose veloces entre los terrones ante la inminencia de un peligro momentáneo. Y servirá el estiércol para los geranios trasplantados de la vieja maceta del patio y al tiesto de hierba luisa que, estático, permanece en el pedestal del zaguán. Se suceden los días, las semanas, los meses, los años, en una experiencia que al final se torna en rutina y el pensamiento en refranes.
Hoy ha amanecido un espléndido día otoñal. Aún las cigüeñas aletean en el pretil de la torre empapándose de sol. Los palomos marchan en bandadas al camino del cementerio y en un charco del pocito, un buchón grisáceo con un collar de plumas perladas, chapotea el agua con la punta de las alas. Pinta el verde en el Cerro Caballero y al final del camino, a la derecha, lucen pletóricas de sol, las encaladas paredes del cementerio, flanqueado por estoicos y oscuros cipreses. Reina el silencio y la paz, roto solamente por el sonido de campanillas de las ovejas de Juanito, el de la Carmen de la Chon, triscando por el Jarrete.
En la resolana de la Magdalena, en sillas bajas con asientos de aneas, algunas con cojín de lana, reposo de anchas posaderas, se reúnen en corro un grupo de mujeres, cada cual con una labor distinta entre manos. Charlan amigablemente y de vez en cuando ríen todas a carcajada limpia con la ocurrencia de alguna de ellas. La tarde está sordona.
Carmen mantiene sobre sus rodillas un prieto cojín de color rojo, sobre el que destaca una ancha puntilla claveteada de alfileres de los que cuelgan, tensos, hilos que terminan en unos palillos que maneja entre sus dedos con endiablada soltura. Miro y no soy capaz de comprender cómo pasan cruzados, unos por arriba y otros por debajo, con el automatismo que ejecuta aquella simetría de dibujos calados. Lleva un delantal negro, sin peto, con unos amplios bolsillos, anudado detrás con un largo y lánguido lazo.
- Pero, ¿cómo lo hace? – le pregunto absorto en aquellos ágiles dedos.
- Tengo sesenta y ocho años, Antoñito, y aprendí a los nueve con mi abuela . Esto es como todo; si practicas a menudo alguna cosa, logras hacerlo con cierta facilidad. No es difícil, niño– me contesta con una ligera sonrisa, que bien pudiera denotar cierta satisfacción ante mis halagos.
- Pero si usted no mira siquiera lo que hace, Carmen.
- Es que se repite, siempre se repite lo mismo, Antoñito. Parece complicado, pero no lo es.
Ese razonamiento era capaz de comprenderlo. Yo, para escribir en la libreta, he de reconocer, que para la misma letra siempre muevo la pluma, aquélla de mango que mojábamos en el tintero, en una determinada dirección y con el mismo automatismo en cada gesto. Incluso cuando don José, el director, nos dictaba del Quijote, preparándonos para ingreso de bachiller, recuerdo, que si iba dictando con rapidez, que era lo normal, yo sacaba la lengua por la comisura de los labios, como si ese ademán me insuflara más velocidad y más fijación en los trazos. Me dolía la muñeca de tanto apretar y deseaba que llegara un punto y aparte para descansar tres segundos. Pero lo de los bolillos, para mí es y será un punto final. Lo comprendo, pero no lo entiendo.
Carmen tenía recogida en un pañuelo más de dos metros de puntilla y dice que necesita seis metros por lo menos. ¡Virgen santa! ¡Madre del amor hermoso! ¡Y lo dice tan tranquila!
La Torrejona – con j aspirada, como Badajó , jamón, cajón o co...jines - está sentada de espaldas al sol. Dice que no quiere quedarse ciega, ya que el relumbre le molesta y le pone “lo ojos lloroso”. Tiene a su izquierda un cesto de mimbre con ropa limpia que hasta hace poco permanecía tendida en el pocito. Esta mañana temprano cogió la panera, se puso la rodilla en la cabeza y cargó con ella hasta el lugar reseñado. En este momento zurce el agujereado zancajo de unas medias negras. Termina, y del cesto saca una falda larga y negra a la que le arregla una presilla. Habla y no para. Sin ningún miramiento, corta la intervención de las demás contertulias en un monólogo algo desbarajustado.
María, otra de las presentes, es la más calladita; lleva un pañuelo negro que le tapa la cabeza, dejando entrever un rostro algo rugoso ya, pero de unas facciones tan bien proporcionadas, unos ojos tan grandes y tan negros, tan hermosos aún, que denotan que en sus años mozos debieron ser primorosos y encandilarían a más de uno. Lleva unos años viuda; el maldito dolor del miserere se llevó a su hombre y en el rostro se refleja aún el sufrimiento acumulado durante tantos años.
Para sus gastos más perentorios y necesarios se dedica a lavar la ropa a gente más pudiente. Se levanta temprano y en turno aún de noche cerrada, comienza a restregar fardos de ropa sobre un desgastado batidero rajado de arriba abajo, de suaves y romas estrías. Cuando termine aquí, irá allá y después al otro lado. Así en una rueda diaria que empieza en lunes y termina al atardecer del sábado. Cuando sea vieja, dice, tendré unos ahorrillos de los que tirar. La maldita suerte se estrelló en ella y ni hijos le dio Dios. Mueve la silla, a la que le rechinan las entrañas, hacia adelante y hacia atrás, y con un movimiento de cabeza, gesto de pura resignación, se levanta arrastrando el asiento camino de su casa.
Ahora tiene que ir al comercio de Valentina, la de Rojas, a comprar medio litro de aceite, un cuarto de kilo de tocino para comerlo montado en el pan y un poco de bonito en escabeche para la cena. Sí, de aquél que se vendía en aquellas latas grandes de cuatro kilos, redonda, dispuesta y abierta sobre el mostrador. Va deprisa. Ya ha empezado el serial de la radio. No sé cómo se titula, no lo recuerdo, pero sí sé que las mujeres comentaban las peripecias en los corrillos mientras compraban en la plaza las hortalizas de huerta, sí, de huerta, que quede bien remarcado, dispuestas en las colmadas banastas que descansaban indolentes en el suelo, en orden marcial, delante de la posá de l´Antonia.
A veces, cuando yo iba camino de la escuela, y era el tiempo, me compraba una zamboa de aquéllas de carne amarilla, por tres perras chicas, que no se la saltaba un galgo. Aquéllos membrillos sí que eran ecológicos, biológicos o como se llamen ahora. Ni lo pelabas, ni na; lo restregabas en la manga de la camisa o en la pechera, y aquel membrillo quedaba reluciente como los chorros del oro, como una patena, vaya. Le pegabas un bocao y te ibas a dos carrillos, sin decir ni media palabra, y a punto de añugarte. ¡Qué dicen ahora de ecológico o lo que sea, coño, si yo sé de sobra lo que es eso! ¡Amos, anda, a nosotros nos la van a dar con la ecología! Teniendo como teníamos la Huerta de los Perales, la huerta de Juan Mula, la de la Vicenta, la de los Moraño, la de D. Rafael y la infinidad de huertecillos particulares, nos vienen ahora con mangas verdes con lo ecológico, ¡ te quiés i ya!
Iba contando, que María, se me va el santo al cielo, va al comercio de Valentina. Llevaba la esportilla en una mano y la cartilla de racionamiento para el aceite, en la otra. Ya se sabe cómo funcionaba la cosa. Había que tachar el bono correspondiente; uno de aquellos cuadraditos de una página que estaban perforados como si de un pliego de sellos se tratara. Pero Valentina, en un gesto de buen corazón, y porque podría hacerlo, no le señaló ningún cuadradito, ningún bono, así tendría para otra ocasión. En los ojos de María, ojos tristes y negros, se dibuja una sonrisa de agradecimiento. Como Thais, aquella sacerdotisa de Osiris, o como el santo Job, nunca se queja de nada.
Había dos tipos de cartillas: una para la carne y otra para lo demás. Cada persona podía sacar para la semana:
125 g. de carne (cuando había), ¼ l. de aceite (sin refinar), 250 g. de pan negro (qué racistas), 100 g. de arroz (sin descascarillar), 100 g. de lentejas (con bichos).
Alguien me ha contado que los cuadritos inutilizados por un tachón de tinta, los borraban con miga de pan; sería blanco, digo yo, y muchas veces colaban para racionar otra vez. Lo que sí he hecho yo, ahora que me acuerdo, era borrar los sellos de Correos por ese mismo procedimiento. Y los utilizaba, no sé si porque Agustín hacía la vista gorda o porque no se notaba de lo bien borrados que aparecían.
La cartilla, además de bacalao, azúcar, tocino, permitía también adquirir algunas exquisiteces: café, chocolate, dulce de membrillo, jabón (alguna vez), pero la Comisaría General de Abastecimiento y Transporte no estaba para esas menudencias y pocas veces se encontraban.
Por la calle Real se oye la voz de alguien que ofrece sus servicios. Aún no se divisa quién es. El corro de mujeres levanta la cabeza y, con la mano haciendo de visera, acechan la aparición del voceador. No es que quieran ver quién es. Simplemente se trata de que no han entendido lo que proclama.
- ¡El paragüeroooo! ¡Se arreglan paraguas pa no mojarse! ¡Se ponen variiiillas! ¡Se cambian empuñaúúúras!
Viene por el medio de la calle sin otro equipaje que una maleta de lata y a la espalda una especie de carcaj con un par de desvencijados paraguas destelados y un ramillete de varillas aparentemente nuevas. Lleva unos calzones a cuadros bastante rozados y una chambra de color gris un tanto decolorada.
Al pasar por la puerta de Tomás, el Picho, sale éste enarbolando un paraguas para llamar la atención del paragüero. Yo bien creía que el Picho trataba de darle en las costillas un mandoble paragüil ante aquellos ademanes tan enérgicos. Tomás era un hombrachón fornido, templado, de una cazurrería tal y de tan buen humor, que hacía muy buenas migas con los muchachos y la gente joven. Tenía unas manazas que no le cabían en los bolsillos. Un día, subido en un carro cargado de costales vi cómo los cogía con una mano llevándolos en vilo hasta la zaga del carro. No, no era ya tan joven, era más bien madurito en aquel tiempo. ¡Qué energía, Dios mío! Era para verlo y oírlo con aquella voz tan fuerte y varonil, que podría escucharse allá en el cementerio.
El paragüero se para y charla con Tomás el Picho. Éste le pregunta que cuánto le va llevar por ponerle una varilla que se le ha descuajaringao un día de viento y lluvia al cruzar la esquina de Sevilleta. Tomás le da el paraguas, el otro lo recoge, lo mira con cierto desdén y al ver que es una varilla y un remache, dice:
- Son dieciséis reales, amigo – en lacónica respuesta.
- Por dieciséis reales me compro uno nuevo en la feria de Zafra, mira éste – contesta Tomás con voz tonante.
- Pues a Zafra, amigo, que está aquí al laíto.
Se ponen de acuerdo, uno tirando y el otro aflojando, y al final quedan en catorce reales y media taleguilla de garbanzos que Tomás bajó del doblao.
- ¡El paragüerooooo! ¡Se arreglan…..!
Josefa, la otra contertulia de la resolana, es la más joven. Parece que esté ajena a lo que pasa a su alrededor. Se le nota cierta atención y fijeza en lo que está haciendo. Da la impresión de ser una labor delicada. Mantiene sobre sus rodillas un grandioso tambor que presenta en su cara una tensa tela blanca. En el suelo, en una cajita metálica, bien dispuestas una al lado de otra, en el fondo, se ven unas madejitas de hilo de distintos colores. Está bordando una flor, un tupido tejido de pétalos rojos de un brillo lustroso. Si tiene la aguja debajo, raya la tela con la punta y ésta le marca la posición de la siguiente puntada. ¡Vaya vista; santa Lucía se la conserve!
El sol se agacha tras los rojizos tejados. Humea la chimenea de la casa de Gregorito en un fluir blanquecino. Huele a leña quemada. Dentro se oye el majaderillo que golpea en el fondo del dornillo machacando los ajos para el gazpacho. El corro de la resolana se levanta, alguna se despereza sin disimulo. Han sido unas horas en hacendosa charla. Recogen sus artilugios lenta y pausadamente. Empieza en la radio el serial de Guillermo Sautier Casaseca - ¿tal vez Ama Rosa? - y nadie se lo quiere perder. Por la noche, en radio Andorra se escuchan las pesadas peticiones y dedicatorias de los radioescuchas: para Fulanita de Zutanito en el día de su cumpleaños. Para Pepe, que está de viaje en Pamplona, porque ha sido papá. Para Menganita, en el día de su primera Comunión, para que pase un feliz día. Para….
Un gato pasa veloz, erizado el rabo, ante el acoso de un perriche pequeñito y de agudos ladridos, adentrándose raudo en el zaguán de su casa, y saliendo de estampida por la puerta del corral, se encarama a las bardas de una tapia. Desde tan privilegiada posición, otea a su alrededor y paulatinamente el erizado del rabo cede a su primigenia posición. Ha pasado el peligro. Se sienta sobre los cuartos traseros y se lame suavemente las patas.
“Aquí Radio España Independiente, estación pirenaica, la única emisora española sin censura franquista, emitiendo desde….”




A. Fernández Bozano
UNA PARTIDA DE CARTAS

(Dedicado a mi amigo Fernando Rojas por esa simpatía que arrastra siendo el centro de atención de allí, en cualquier lugar donde se ponga, aunque siempre se pone en el mismo sitio). Un rojadicto.


Ya se sabe que las partidas de cartas dan lugar a las más extrañas diatribas, discusiones y absurdos que la mente humana, siempre dispuesta al ingenio, cuando lo hay, raya hasta el paroxismo cuando la camaradería, el desinterés por la "ganancia", la cordialidad y el buen entendimiento son la norma que bate entre los asistentes como olas que revientan en el acantilado. Pero hay partidas de cartas, y partidas. A la que yo me refiero lleva los años suficientes como para darle el nombre de una de aquellas de la madre de todas las partidas.
Era una partida dominical, matutina por más señas, a eso de las once y pico. Comparecientes, mi amigo Rojas ( el crak, según se autodefine a sí mismo), Cándido Tapias ( el transigente), Ezequiel Barragán (el parsimonioso y hombre tranquilo) y El Chico Cintas . D. Francisco Márquez ,alias Niarchos, todavía no sé muy bien el porqué del susodicho apodo familiar empleado por D. Fernando, está de mirón y da tabaco.
- Muy bien, niño, se lo llevó - apostilla Rojas después que el Sr. Tapias se lleva el monte y gana el tanteo subastado, de esa forma en que no hay más solución que pagar la apuesta, no pudo ser.
- Tengo que irme a ver el fútbol - aduce Tapias, porque televisan no sé qué partido del Madrid B.
- Eres un autómata del fútbol, Cándido. El antideporte como es el fútbol. ¡No veas ese partido y atiende a la jugada! ,- vocifera Rojas no exento de pasión.
Cándido no sigue la jugada para sacar triunfo al contrincante y.. con cierto enfado, que la mayoría de las veces es ficticio, continúa encarado con Cándido.
- ¡No te jode! ¡Dale a tu palo largo!
- ¡No tengo, coño! - se defiende Tapias, enseñándole las cartas que le quedan en las manos.
Después de una jugada poco ortodoxa por parte de Cándido y ganar los tantos el amigo Rojas, éste dice con todo énfasis:
- ¡Yo sé con quién juego! ¡No tendrás dudas de quién es el rey de los naipes!- asevera con toda contundencia y no exento de cierta ironía - . ¡Es que eres mu malo! ¡Qué se le va a hacer!
Una jugada de principiante - según comenta Rojas - por parte de Cándido, da lugar a este sabroso comentario por parte del mismo Rojas, echándose hacia atrás en la silla y moviendo acompasadamente la pierna derecha en un vaivén nervioso:
- ¡Me vas a echar pa Zafra! ¡Si es que no saben los pobres! Dios protege la ignorancia. ¡Mi señorito no siguió la copa! ¡ Dios mío, qué malo eres! ¡No se puede ser peor! ¡te vas llevar el primer premio a la ignorancia!
Los cuatro tantos que me faltaban - y termina su perorata.
Una larga verónica carteril, pensamiento cauto en la jugada, lento, parsimonioso, dudas en la estrategia, exaspera al Sr. Tapias y éste le apremia su falta de decisión a Rojas, arguyéndole más rapidez en la jugada, lo cual da lugar a la respuesta que sigue.
- Es precaución, mi señorito, arguye Rojas. Ser o no ser; el Chico me tiene vigilado. El chico de Elorrio. ¡Te vi al lado del árbol de Guernica! No sé qué pintabas allí. ¿Estabas a la sombra?
Ni el Chico ni el de Elorrio hacen caso al comentario. Es un puro monólogo por parte del de siempre. La expresión de cada uno de ellos es como aquel que oye llover. Ni se inmutan. Perro ladrador y tal tal.
- ¡Esto es una distribución en zig-zag, Niarchos!- dando las cartas con suma rapidez- ¡aprende, que todavía eres joven!, el mismo Rojas.
La jugada siguiente da lugar a este cáustico comentario por parte del mismo. Los dos contrincantes se están embarrotando mútuamente y al final el as y el tres del mismo palo pasan a su mazo.
- ¡Echaros aquí con los embarrotes! ¡Qué flojitos sois! A mí me llaman El Cid Campeador. ¡Mira que eres melón, ¿pa qué quieres los triunfos? La jugada maestra, le arrastro por bajo, le doy el basto,- un comentario marginal-...¡tú qué sabes, mamarracho! ¡Eres un ignorante supino. Eres un perdedor nato. ¡Mira que eres gilipollas! ¡Soy el rey!
- ¡Eres un nabo con hojas - tercia El Chico Cintas- y acarambanado, so idiota!, con esa flema que le caracteriza.
- Perdona, no soy un nabo. Soy el nabo que tú no tienes, so deslenguado.
En una intervención de Rojas que siempre tiene la salida a flor de labios.
- El señorito se parece a Leónidas Brefnev. ¡Pasi-corro!
- - Plato, interviene el Sr. Tapias.
- Lo vas a perder, señor Tapias.
El señor Tapias pierde el plato y está realmente mosqueado.
- ¡Claro, no arrastras!, aclara Rojas. ¡Por un tanto lo pierdes!¡ Jódete, por malo! ¡A mear para acostarse! 80,90,95...adiós! ¿Cómo no repites la jugada?
- No te pases con Cándido, niño - es Rojas -, interviene Ezequiel, el Chico de Elorrio.
- Al contrario, ni agua, apostilla Rojas. Te tengo catalogado como el mejor de todos - continúa- , pero no eres receptivo. Y esta frase podría estar firmada por Platón, sin ninguna presunción. Soy el genio, un verdadero genio. Algunas personas no pueden cuestionar las mismas diatribas dialécticas. Falta la clase que no tenéis. ¡Vamos, señor Tapias, ¿lo vas a dejar para la tarde? - continúa en su perorata Rojas. ¡125 y la tela! No sabéis jugar, no sabéis el Catón de la subasta. ¡Y qué estás pensando! ¡Eres un cernícalo sin pico, chico de Elorrio!
- Lo puedo perder por un tanto, tercia Ecequiel
- Menos mal que ha bajado el rey del portal y reconoce que...
- Es que las tengo malas, arguye el de Elorrio
- Es que tú no sabes jugar, ¿no quieres decir eso? Que no te explicas y a ver si aprendes, so mastuerzo. Tú no tienes ni pizca de vergüenza; tienes 125 y pones plato, le espeta Rojas al de Elorrio.
- Metafóricamente hablando es igual, so enano, dice Rojas.
- ¡Cómo estás, siendo tan joven! ¡pobrecito! ¡estás de atar!- refiere Ecequiel.
- Este movimiento, analizado bajo el prisma de la ignorancia, es igual al cuadrado del cateto más la suma de los otros dos lados.¡ Mira que eres burro asnal! ¡Vamos, paga y no te retrases, que la demora supone intereses propincuos- contesta Rojas.
- ¿Yo no pongo na? - pregunta Tapias después que alguien ha subastado antes que él.
- ¡Tu qué vas a poner si no sabes leer!- Rojas-
- Yo sé leer y escribir porque fui a la escuela de...
Pero Rojas le corta y en un tono humilde, por decir algo, sigue en su elucubración y dice:
- Yo soy sencillo, pertenezco a la escuela peripatética, pero tú eres un ignorante y no sabes lo que es eso. Reconocimiento expreso: ¿qué somos? - filosofa-. Tú, desde luego, nada. Te voy a dar un plato para los fondos del Inserso, que no vas de viaje por no gastar las ruedas del tó-terreno, le espeta Rojas al Chico Cinta que hasta ahora había estado callado. ¡Me cago en tal, que el dinero tenía que ser como los ajos, que de un año pa otro se pudriera. Ya verías cómo le dabas aire a los billetes.
Rojas gana un plato con cuatro cartas, se cachondea, se ríe, se mofa...
- ¡Es que sois mu endeblitos!
- ¡Yo soy más chulo que un ocho!- tercia el Chico-.
- ¡.Si no sabes!
La partida termina amigablemente entre todos los participantes. Es la una y van a los platos que es la forma de terminar la mañana. Se van a Fructuoso, que solícito sirve a cada cual lo suyo sin que pregunte siquiera qué tomarán. Ya lo sabe.

Antonio Fernández Bozano