lunes, 31 de agosto de 2009

EL CARBONERO Y OTROS ASUNTOS

EL CARBONERO Y OTROS ASUNTOS

Estás más tiznao que un carbonero, me decía mi madre cuando llegaba sucio a casa después de navegar toda una tarde por los cortinales del tejar de Elías, el de Conducta, allá por las traseras del barrio Cuenca. Lávate, que vienes hecho un Ecce Homo. Y el niño, obediente, se lava sin rechistar. Nada de decir me lavo después.
Yo sabía que el carbonero era aquél que hacía carbón. Siempre tuve curiosidad por saber la forma de realizar este trabajo, y ya mayorcito, tuve la ocasión de que me lo explicara, jolín, ahora no me acuerdo cómo se llama o se llamaba, esto de olvidar los nombres de las personas… me llevan los demonios. Pues no me acuerdo…¿Juan? Sí, me entero estas Navidades pasadas que falleció en un accidente de moto. Descanse en paz.
Para explicarme el proceso de elaboración, a esto le llamo yo metodología y didáctica, me lo dividió por fases, así me quedaría más claro. A ver si pongo en pie los apuntes que hice aquel día sobre la marcha.
Cuando había que arrancar una encina, me dijo, se inspeccionaba bien cuál iba a seleccionarse para tal menester. Con una “cavaera” descuajaban la encina, se cortaban las raíces haciendo un gran hoyo y se dejaba la encina descarnada. Hechas tales minucias, se le ataba una gruesa soga lo más alto posible y tiraban de ella con toda el alma hasta echar el arbolito abajo, con gran alborozo por parte de los forzudos, como si de un gran gigante se hubiera tratado, separando a continuación los troncos de las taramas.
Si no se trataba de arrancar una encina, sino de ir viendo aquellas que tuvieran ramas secas, podaban éstas y las excesivamente gruesas que pudieran impedir el crecimiento del árbol para una mayor abundancia en la obtención de bellotas.
A continuación se separaban las ramas finas y se troceaban los leños para darle el tamaño adecuado para la ejecución del horno que posteriormente vendrá. Esta leña se transportaba a continuación al lugar donde se ubicará la carbonera, trasladándola en bestias de carga o en carro. Lo mejor es hacerla en un sitio llano y bien asentado para evitar la entrada de aire a través del suelo, pues de esa manera se evitan las corrientes y se puede controlar el fuego durante la carbonización; el entramado de la carbonera se asienta sobre una base en forma circular.
Seguidamente se apila la leña según su tamaño, la más gruesa abajo, en la base, y la más menuda, encima, en capas superpuestas para que tape la que está en primer lugar. Una vez hecho el montón, se cubre de jaras secas, paja, para finalmente cubrirlo con tierra.
Se finaliza el montón con unos leños dispuestos en forma de escalera para poder subir y andar por el horno.
Ya está listo para combustión.
El encendido se efectúa mediante unas troneras o aberturas. Una vez abierta por uno de los lados se introduce madera ardiendo, normalmente con una pala con brasas incandescentes y a continuación se tapa, se abren otras troneras para permitir la respiración del horno y así dirigir el fuego hacia donde se desee.
Se abre una tronera por la parte superior y para que no se extienda el fuego por toda esa parte, se le practica una abertura por abajo. A las diez o doce horas, el horno, mediante la combustión, se “ha bajao”, se retira la primera capa de arriba, y nuevamente se rellena con leña nueva, cubriéndola una vez más con tierra.
Con una vara larga, tizonero, se pincha la superficie del horno abriendo nuevos huecos –lumbreras, respiraderos – por los que entra el aire que avivará la combustión, dependiendo, claro está, del número de respiraderos que se practiquen. Con una combustión demasiada rápida, el carbón se quemará, obteniéndose carbonilla. Si demasiado lenta, habrá zonas mal cocidas, consiguiendo tizones que impregnará de humo toda la estancia una vez prendido y te fastidiará la pituitaria cuando estés guisando.
La cocción del horno, por lo que me explicaba, se reconoce por la disminución del volumen y por la densidad y color del humo. Si el humo es blanco o azulado, hay que dirigir la cocción a otros puntos de la carbonera y que así siga el proceso de combustión del boliche.
Cuando se intuye que el carbón está hecho, se tapan los respiraderos evitando así la entrada absoluta de aire. En dos o tres días se apagará.
Para retirar el carbón, obviamente se tiene que apagar el fuego y enfriarse el boliche. Hay que retirar la tierra que cubre el horno, no por toda la superficie, sino por sectores, cubriéndola con tierra más fina y abriendo nuevas troneras y de esta forma dirigir el fuego a los sectores restantes y finalizar la hornada.
A todo esto, hay que tener una vigilancia continua, tanto durante la noche como durante el día, para que no se reavive el fuego. Combustionado el boliche, ya tenemos el carbón, el picón y la carbonilla. Sólo queda transportarlo mediante caballería en los serones y aquellos sacos de yute tiznados de utilizarlos de un año sí y otro también.
Yo he ido montones de veces a casa de José, el de Carmen la piconera, en el Barrio Cuenca, para que llevara a mi casa carbón para el anafre o picón para el brasero.
El carbonero por las esquinas
va pregonando carbón de encina.
Carbón de encina, cisco de roble.
La confianza no está en los hombres…
Qué buenos cocidos se hacían con el carbón. Así, a fuego lento, despacito, sin prisas, toda la mañana cociendo con el agua de canales, o del pozo del obrero, fina como ninguna. Con ese sonido del borboteo tan agradable al oído, el vapor saliendo por los bordes de la vasija de barro y un hilillo de caldo bajando por la barriga del puchero hasta las brasas. De vez en cuando, mi madre lo destapaba por si necesitaba echarle un poco de agua para que no se resecara y que hubiera suficiente caldo para las sopas de los próximos comensales.
El cocido salía buenísimo con esta parsimonia con la que se cocía. El ama de casa tenía que estar supeditada a la cocina prácticamente toda la mañana. Pero la dedicación no era exclusiva a este menester; así que, mientras tanto, también era buen momento para barrer y algocifar el suelo de la cocina que está un poco manchado del trasiego y algo embarrado, que lo puse yo, porque había ido al corral a hacer mis necesidades en el estercolero. Mientras estaba en estos ineludibles menesteres, una gallina me importunaba en mis quehaceres intestinales picoteando la deposición, no sin las debidas precauciones por parte del plumífero, que se acercaba con gestos rápidos tanto en la llegada como en la retirada.
Terminada mi faena, me limpio el culo con papel de periódico, del Hoy, que previamente mi padre lo cortaba en octavos más o menos. En invierno no era nada agradable que el aire te diera de lleno en el culo. El poco vello que entonces tenía se me ponía de punta y unos escalofríos me recorrían por la espalda, que estaba uno deseando terminar y dejar de estar en cuclillas con los pantaloncillos por las rodillas. Esto, queridos paisanos, sí que es pura escatología. El que lo haya hecho así, que levante la mano. A ver, ¿cuántos? Uno, dos, tres,…¡Eh, tú, levanta la mano, que yo te he visto!
Iba diciendo, se me va el santo al cielo, que mi madre, mientras el puchero cuece lentamente al calor del anafre, friega el suelo con la aljofifa, de rodillas como entonces se hacía. Menos mal que se le ocurrió a aquél de Zaragoza ponerle un palo a una bayeta de algodón para no tener que echarse al suelo e incorporarle a la vez un escurridor al cubo, pues si no todavía estarían las amas de casa con bursitis en las rodillas y dermatitis en las manos motivadas por la lejía que se mezclaba en el agua. ¿Guantes de goma? Y eso qué es. Vamos, nena, a pelo y luego te das un poquito con crema Bella Aurora en las manitas pa que se te pongan finas.
El gato está por allí con el rabo tieso p´arriba merodeando alredeó de la aljofifa y, de tanto en tanto, se agazapa como si quisiera saltar sobre el trapo y si de un juego se tratara. Era jovencito aún, todavía en período de aprendizaje y juguetón. Mi madre le dio con la bayeta en los hocicos y salió brincando por la puerta entreabierta que daba al corral y subió por el tronquillo de la parra que ya tenía sus zarcillos y que yo, cada vez que salía, le cortaba alguno para masticarlo y saborear el ácido de su savia. No puedo evitarlo, si veo una parra en tiempo de ello, no me retraigo de cortar uno y rememorar esos sabores de la infancia de los que tan impregnados nos sentimos cuando ya llegamos a cierta edad. Esos sí que eran sabores ecológicos. Limpiábamos el zarcillo presionándolo con el índice y el pulgar cuando veías que tenían cagadas de moscas o por quitarle el polvillo. Ya era suficiente. Y pregunto yo: ¿Por qué se cagan las moscas precisamente en los tallitos y no en las hojas que son más grandes? Aunque bien mirado, no sé qué era peor, si dejarle las cagadas, ya resecas, o que tú lo ensuciaras más todavía con las puercas manos de saltar por las paredes de los cortinales y de haber manoseado los galápagos que andaban por el corral entre los desperdicios de la estercolera. Me parece que entonces estábamos vacunados de todo y contra todo. Que yo recuerde, sólo nos vacunaban contra la viruela. Y aquí estamos dando guerra. Y si algún día te daba fiebre, somos humanos también los de mi época, pues mira, tú, llamaban a don Emiliano, o a don Rafael o a don Juan Merino y sin mandarte nada especial, con cosas de casa, te curaban en un par de días. Con un paño humedecido en agua fría te lo ponían en la frente unas pocas de veces y tira p´alante. ¿Un bollo en la frente? Esto era fácil: una moneda sobre la parte dañada y apretarla fuertemente con un bramante hasta que aquello bajara. ¡Así cualquiera, no te fastidia! O baja la hinchazón o baja, una de las dos opciones. Siempre bajaba, te lo aseguro. ¿No? Haz la prueba cuando te hagas un chichón. Pero no seas bruto, aprieta de tal manera que dejes circular la sangre. No vaya a ser que sea peor el remedio que la enfermedad.
Hombre, a veces tenían que inyectarte para los casos más graves, un resfriado, por ejemplo. Entonces, llegaba por allí don Isidro, el practicante, Isidrito pa los amigos, y ponía los bártulos que llevaba en un maletín sobre la camilla. Pedía el alcohol, no sé si escribe así, o simplemente alcol, que se acaba antes. En la tapa de aquella cajita metálica, que todos los practicantes llevaban, vertía un poco de alcohol, y en la otra parte de la cajita, más profunda, ponía agua. Con unas tijeras-pinzas anclada en el recipiente, donde ya había puesto la aguja y la jeringuilla, prendía el alcohol con una cerilla hasta que el agua hervía. Isidrito, ¡cuántas nalgas habrás visto y de toas clases, chacho!
Y si se te torcía un pie o te lastimabas un brazo, Paula la Guindaora, como por
ensalmo, te daba unos sobes con aceite y algún mejunje de hierba, y aquello era mano de santo.
También tenía esta rara habilidad María, la madre de Manolo del Coto. Y si no preguntádselo a mi cuñao Juanito, el Pollo, el de Teófilo, que en más de una ocasión pasó por sus manos. Mira tú, hasta tuvo que acostarse mi cuñao Juanito en la cama de mi otro cuñao, Manolo, porque una de las veces la cosa se puso chunga para tenerlo que encamar. Pero bicho malo nunca muere. Por ahí anda y sin cojear ni na.
Si de mal de ojo se trataba, aquello ya olía a santurrería casi laica. Digo casi laica, porque dentro del ritual se rezaban unas oraciones dedicadas a Dios y toda la corte celestial. Para esto, nadie como Juana la Guindaora, mujer llana algo entrada en carnes, de cara ancha y pelo entrecanoso con un moño recogido con una larga horquilla, un vestido negro casi hasta los pies, medias y zapatillas negras también, una esclavina del mismo color, hecha con agujas de lana, que le cubre los hombros ampliamente y un delantal de grandes bolsillos, de uno de los cuales sobresale el pico de un blanco pañuelo, atado a la cintura.
Refiero, pues, que mi mujer, entonces novia, se levantó como un bejino, de colorá que tenía la cara, con un calenturón de no te menees. En vista que no se le iba la calentura, no seáis capciosos, esto lo digo en términos médicos como podéis suponer, o sea, que no se le iba la fiebre, mi suegra llamó a la Juana para que, a ser posible, mediara en la cuestión febril, ya que intuía que aquello podría ser consecuencia de un mal de ojo que alguien debía haberle causado y deseado. Pues bien, allí llegó y se sentó en la camilla al calor del brasero, ya que el día estaba, como dicen en mi pueblo, pa está acostao con la mujé y no menearse de la cama. Pidió un plato con agua, le echó unas gotas de aceite y mirando la forma de expandirse el óleo, dedujo que bien podría ser lo del mal de ojo. Rezó no sé cuántas oraciones que yo no atisbaba a entender, tal era el bisbiseo con que pronunciaba tal retahíla de palabras. Yo no creo en estas cosas, pero lo que sí puedo atestiguar es que la calentura, la fiebre, le desapareció al poco tiempo, poniéndose fresca como una lechuga. Me gustaría que estuviese la Juana viva para que me dictara aquellas oraciones que aquel día no logré descifrar.
Yo debo tener la sangre algo envenenada. Nunca he tenido piojos y algo preocupado estoy por este detalle. La preocupación es por lo de la sangre, no por los piojos. Cuando cundían los bichitos, era corriente ver a las madres rebuscando entre la pelambrera de sus niños a la caza y captura de los indeseables inquilinos. Iban abriendo en canal la mata de pelo y, ojo avizor, escudriñaban cualquier resquicio hasta encontrar alguno. Visto un intruso – pobrecito - lo ponía entre los pulgares y qué agradable chasquidito cuando apretaba una uña contra otra. Qué gordos eran algunos. Con el hambre que se pasaba, qué bien alimentados estaban los granujas aquellos entre el elemento piloso. No era una tarea simple, una madre podía estar toda una tarde espulgando a toda la chiquillería. No contenta con eso, y para evitar nuevas invasiones piojales, sin miramientos de ningún tipo, con la tijera, Dios mío, qué horror, si era chico, empezaba a trasquilarle la cabeza, pues no se podía llamar de otra manera el adefesio en que el tal quedaba, pues el zagal aparecía hecho un Cristo sin
crucificar; vaya, que lo único que le quedaba al chaval es que lo clavaran en la cruz. Y qué cruz, Dios santo, pa´l pobre chiquillo. Y luego dicen que no hay discriminación de género.
Y a las zagalas ¿por qué no las trasquilaban? ¿Eh? ¿Por qué? Vamos, anda. La suerte que habéis tenío. Erais las privilegiás, las mimás, las considerás, las lloricas pa que no le cortaran la melena. Siempre con las muñequitas de trapo con dos trenzas de lana amarilla y con los ojos como platos, de labios pintarrajeados y sin orejas. ¿Por qué no le poníais orejas, eh? Teníais muñecas sordas y no os dabais cuenta de que no podía oíros cuando le hablabais. Si es que erais…bonitas der tó. Y aluego le hacíais la comidita en aquellos cacharrinos de vuestra cocinita, como si fuerais verdaderas mamás, y le metíais la cuchara por los ojos. ¡Anda que…! Y la poníais en la escupidera pa que hiciera pipí, qué palabra más cursi, sabiendo que no tenía chominillo ni na de na. ¡Es que…! Y cuando dejabais la muñeca, hala, a jugar al catre. Pa los que no saben, les diré que el catre no es una cama, no penséis mal. Era esa cosa rectangular que se rayaba en el suelo con un palo o con lo que tuvieran a mano y que dividían en seis partes para ir dando saltitos y arrastrar la rayuela, una tejoleta, de cuadro en cuadro, hasta que las niñas se cansaban de dar brincos como las cabras. ¡Vaya jueguecito mas aburrío!
Y encima, con calcetines a media pienna. Argunas, qué rabiscas eran. Pero graciosilla aquélla de la nariz respingona que cuando le salían mocos se los limpiaba en la manga del jerséis. Po no que no, si la pobre no tenía pañuelo. Po a vé qué, si no.
Apreciadas damas de aquella época: este último párrafo no es más que una pura socarronería y cazurrería por mi parte sin ningún ánimo de ofensa. Es simplemente un retrato en tono de humor y lleno de nostalgias de una parte de nuestras vidas. Ese retrato que ya pinta tonalidad sepia. Besitos.
Los muchachos andamos por la plaza jugando a la tanga en el espacio que había con tierra y donde actualmente se encuentra situado el monolito alegórico a la salud y la
enfermedad. El ayuntamiento estaba situado enfrente y era un buen sitio para otear desde allí a la chiquillería. ¡Pero qué manía tenía el buen señor! La cosa era obsesiva por su parte. De pronto veías correr a todo quisque y el más lerdo, pobrecillo, sin saber de dónde le venía, se encontraba con un par de vergajazos en el culo, y pies para qué os quiero. Salías zumbando como alma que lleva el diablo. Pos na, que vino Crespo el municipal, y con amenazas repetidas, nos conminaba a que no volviéramos por el entorno, so pena de probar el vergajo, o sea la porra. ¡Qué castigo, Dios mío! Ni en la plaza podíamos jugar. Pero se fastidiaba, que cuando se daba la vuelta, allí estábamos de nuevo.
Ahora me acuerdo de aquella anécdota de un gañán que le decía a otro: Yo mando en mi casa más que el rey en la suya. Y como el otro dudase, hubo de pasar a explicarlo.
Sí, porque el rey manda una cosa y lo hacen enseguida, mientras yo, antes de que lo hagan, tengo que mandarlo diez o doce veces. Pues ese era Crespo, era el que más mandaba por lo repetitivo en martirizarnos una y otra vez cada presencia manifiestamente subversiva por nuestra parte.
Como ya estamos hartos de jugar al ratón y al gato con el municipal, decidimos jugar a apio. Nos sentamos en los pollos de la plaza y anduvimos pegándonos zurriagazos con un cinturón hasta la caída de la tarde. Cuando nos hartamos del apio, pues a otra cosa, mariposa. A la taba, con lo cual seguíamos dándonos cinturonazos unos a otros, con el consiguiente malhumor del que los recibía, si alguno se sobrepasaba en la dureza de los golpes. A todos nos gustaba ser rey y verdugo a la vez. Tú mandabas y tú mismo atizabas. Despotismo puro motivado por la suerte.
Estando en estos lances, aparecen por la esquina de la posá de l´Antonia, un buen grupo de zagales con palos, espadas de madera, trozos de gruesa soga, pañuelos anudados por los cuatro picos dispuesto en la cabeza, tipo corsario, que venían dispuestos a guerrear contra todo el que se pusiera por delante. Los que estábamos en la plaza, al verlos de tal guisa, además ellos nos doblaban en número, pues eso, que sacamos la bandera blanca. El gozo de los invasores se vino al suelo. Si uno se rinde, no ha lugar a guerra de ningún tipo. ¡Sois unos mariquitas!, dijo uno, que era el más grandullón de todos los que había por allí. ¡Que no, que hemos sacao la bandera blanca! No hay guerra y se marchan por donde han venido. La sangre no corrió. No sé cómo podíamos estar pensando siempre en propinarnos mamporros.
Recuerdo, para que otra vez no me cogieran sin armamento apropiado, que preparé una espada de madera con una punta tan afilada, que pasando un hombre por donde estaba yo sentado, en los poyos de la plaza, me preguntó que para qué era la espada. Yo le contesté que por si venían los zagales de la carretera a hacer la guerra. Ya era un hombre bien entrado en años, o por lo menos así me lo parecía a mí. Mirándome de hito en hito, -a que os suena la frase – me cogió la afilada espada con todo cariño y empezó a golpear la punta de la misma sobre el pavimento hasta que la quedó roma. Me hizo unas recomendaciones sobre que si nos haríamos daño y que si tal y que si cual. Yo quise gesticular algo con la boca, como probando algunas palabras, pero no lograba acertar con la apropiada. Así que cerré totalmente la boca. Bien hecho, amigo. A lo mejor evitaste que le saltara un ojo a algún guerrero indómito.
Entonces, a las personas mayores se les tenía un respeto, que ya quisiéramos ahora. Si alguien de cierta edad te llamaba la atención, te ponías con la cabeza gacha y no decías ni tus ni mus. Igualito, igualito que ahora. ¡Pero tú de qué vas, tío! ¡Que te calles!
Los vencejos vuelan en acrobáticos zigzag por el azul celeste. Una cigüeña expande sus alas en el pretil de la torre saltando acompasadamente y haciendo carantoñas a su pareja. Los cigoñinos imitan al jefe dentro del nido. Una luna en cuarto creciente emerge en el horizonte. Silencio…pasan ángeles. Una estrella fugaz cruza el cielo con destino al infinito. Silencio roto por un destello. ¡Mira, una estrella!- dejando una estela de fuego perceptible durante unos segundos -.
Silencio. Los ángeles se marchan por las distintas bocacalles de la plaza. Suena la campana del reloj de la torre. Se queda sola y muda la plaza.
El carbonero, allá en la carbonera, hunde la tizonera en la superficie y un hilillo de humo surge de sus entrañas avivando los rescoldos encendidos del interior. Desde mi privilegiado mirador del Jerrete veo la recortada silueta de la Sierra la Grana con fondo de titilantes estrellas. Croan las ranas en persistente monotonía en los cercanos Joyos y un fondo de chicharras con su melodía empapa la noche.


Antonio Fdez. Bozano

5 comentarios:

Natalia Pastor dijo...

Un magnífico relato, Antonio, lleno de vivencias, sensibilidad y que por un instante me ha trasladado a una época pretérita de nuestra historia y de nuestras vidas.

Un beso.

Viracocha dijo...

Vaya bien que te ha sentado el Verano "chacho", y este relato es mas extenso, no se si por mas tiempo dedicado o por que te ha salido "del tiron", pero te felicito por que se lee con regusto.

fernandezbozano dijo...

Queridas amigas Pastor y Viracocha:Gracias por vuestro comentario.Ya sabéis que las vivencias de infancia quedan en el recuerdo de una forma permanente.No me acuerdo de lo de ayerpero sí de lo que hice hace sesenta años.
Abrazos.

ecijana dijo...

Hola amigo, no voy a decirte lo que me parece tu relato porque sé que vas a decirme: "es que tú me quieres mucho". De cualquier forma ya sabes que es genial; por eso no voy a dejarte en paz hasta que alguien más lea tus grandezas. Te mando un enlace en el que espero escuhar pronto algo tuyo.



http://www.esradio.fm/en-casa-de-herrero/hoy-escribes-tu.html

No me falles.

José Gil Llorca dijo...

Estimado amigo, te ruego que publiques este mensaje y me ayudes a difundir y denunciar la injustificada y abusiva censura de Blogger.
Se cumple un mes de la injustificada e inquisitorial censura de Blogger al Blog de José Gil Llorca, “De lo humano y lo divino”. Ya ha pasdo un mes desde que Blogger cerrara el acceso a los internautas al Blog de José Gil Llorca “De lo humano y lo divino”. En todo este tiempo, en el que por dos veces he solicitado la revisión de la falsa denuncia de incumplimiento de las condicones de servicio, no he recibido notificación alguna por parte de Blogger. Nada de nada. La respuesta automatizada ha sido la misma: “vamos a revisar más detenidamente su blog y en un par de días nos pondremos en contacto”. Pues parece que les está llevando algo más de dos días.
Me consta que Blogger ha recibido numerosas quejas y protestas por la injustificada censura a mi blog. Sorprende que dé la callada por respuesta pues eso manifiesta la falta de respeto de Blogger hacia sus usuarios, una gran falta de profesionalidad, de rigor y de un mínimo de educación.
Con esta forma de proceder Blogger está dando una imagen de una empresa dictatorial, opresiva, inquisitorial, que cede a las presiones ideológicas, que no respeta la libertad de expresión y de pensamiento. Una empresa nada tolerante y para la que el pluralismo es una palabra vacía. Es una vergüenza que Blogger sea una empresa totalitaria, intolerante y débil ante las presiones de los radicales que pretenden imponer un pensamiento único y no consienten que los demás puedan tener ideas propias y libertad para expresarlas. Amigos, si esto sigue así, va a ser hora de ir buscando otros lugares en Internet en donde exista verdadera libertad de expresión y no se ejerza la tiranía de la censura hipócrita, interesada y selectiva de la que está haciendo gala Blogger.
Muchas gracias por tu colaboración y si puedes pasa este mensaje a todos los que te sea posible. Un cordial saludo.
Para dejar tu protesta por la censura de blogger puedes hacerlo en esta dirección: http://blogspot.es/contacto/