martes, 13 de enero de 2009

ESTAMPA

Se nace y se muere. Y entre el nacer y el morir, se cubren las ovejas, se limpia la pocilga, se saca el estiércol que servirá de alimento a los tomates y espinacas, se enfoscan los melones y las sandías con las ramosas hojas pecioladas, se abonan los campos de trigo manchados de rojas amapolas donde corretean los perdigones, camuflándose veloces entre los terrones ante la inminencia de un peligro momentáneo. Y servirá el estiércol para los geranios trasplantados de la vieja maceta del patio y al tiesto de hierba luisa que, estático, permanece en el pedestal del zaguán. Se suceden los días, las semanas, los meses, los años, en una experiencia que al final se torna en rutina y el pensamiento en refranes.
Hoy ha amanecido un espléndido día otoñal. Aún las cigüeñas aletean en el pretil de la torre empapándose de sol. Los palomos marchan en bandadas al camino del cementerio y en un charco del pocito, un buchón grisáceo con un collar de plumas perladas, chapotea el agua con la punta de las alas. Pinta el verde en el Cerro Caballero y al final del camino, a la derecha, lucen pletóricas de sol, las encaladas paredes del cementerio, flanqueado por estoicos y oscuros cipreses. Reina el silencio y la paz, roto solamente por el sonido de campanillas de las ovejas de Juanito, el de la Carmen de la Chon, triscando por el Jarrete.
En la resolana de la Magdalena, en sillas bajas con asientos de aneas, algunas con cojín de lana, reposo de anchas posaderas, se reúnen en corro un grupo de mujeres, cada cual con una labor distinta entre manos. Charlan amigablemente y de vez en cuando ríen todas a carcajada limpia con la ocurrencia de alguna de ellas. La tarde está sordona.
Carmen mantiene sobre sus rodillas un prieto cojín de color rojo, sobre el que destaca una ancha puntilla claveteada de alfileres de los que cuelgan, tensos, hilos que terminan en unos palillos que maneja entre sus dedos con endiablada soltura. Miro y no soy capaz de comprender cómo pasan cruzados, unos por arriba y otros por debajo, con el automatismo que ejecuta aquella simetría de dibujos calados. Lleva un delantal negro, sin peto, con unos amplios bolsillos, anudado detrás con un largo y lánguido lazo.
- Pero, ¿cómo lo hace? – le pregunto absorto en aquellos ágiles dedos.
- Tengo sesenta y ocho años, Antoñito, y aprendí a los nueve con mi abuela . Esto es como todo; si practicas a menudo alguna cosa, logras hacerlo con cierta facilidad. No es difícil, niño– me contesta con una ligera sonrisa, que bien pudiera denotar cierta satisfacción ante mis halagos.
- Pero si usted no mira siquiera lo que hace, Carmen.
- Es que se repite, siempre se repite lo mismo, Antoñito. Parece complicado, pero no lo es.
Ese razonamiento era capaz de comprenderlo. Yo, para escribir en la libreta, he de reconocer, que para la misma letra siempre muevo la pluma, aquélla de mango que mojábamos en el tintero, en una determinada dirección y con el mismo automatismo en cada gesto. Incluso cuando don José, el director, nos dictaba del Quijote, preparándonos para ingreso de bachiller, recuerdo, que si iba dictando con rapidez, que era lo normal, yo sacaba la lengua por la comisura de los labios, como si ese ademán me insuflara más velocidad y más fijación en los trazos. Me dolía la muñeca de tanto apretar y deseaba que llegara un punto y aparte para descansar tres segundos. Pero lo de los bolillos, para mí es y será un punto final. Lo comprendo, pero no lo entiendo.
Carmen tenía recogida en un pañuelo más de dos metros de puntilla y dice que necesita seis metros por lo menos. ¡Virgen santa! ¡Madre del amor hermoso! ¡Y lo dice tan tranquila!
La Torrejona – con j aspirada, como Badajó , jamón, cajón o co...jines - está sentada de espaldas al sol. Dice que no quiere quedarse ciega, ya que el relumbre le molesta y le pone “lo ojos lloroso”. Tiene a su izquierda un cesto de mimbre con ropa limpia que hasta hace poco permanecía tendida en el pocito. Esta mañana temprano cogió la panera, se puso la rodilla en la cabeza y cargó con ella hasta el lugar reseñado. En este momento zurce el agujereado zancajo de unas medias negras. Termina, y del cesto saca una falda larga y negra a la que le arregla una presilla. Habla y no para. Sin ningún miramiento, corta la intervención de las demás contertulias en un monólogo algo desbarajustado.
María, otra de las presentes, es la más calladita; lleva un pañuelo negro que le tapa la cabeza, dejando entrever un rostro algo rugoso ya, pero de unas facciones tan bien proporcionadas, unos ojos tan grandes y tan negros, tan hermosos aún, que denotan que en sus años mozos debieron ser primorosos y encandilarían a más de uno. Lleva unos años viuda; el maldito dolor del miserere se llevó a su hombre y en el rostro se refleja aún el sufrimiento acumulado durante tantos años.
Para sus gastos más perentorios y necesarios se dedica a lavar la ropa a gente más pudiente. Se levanta temprano y en turno aún de noche cerrada, comienza a restregar fardos de ropa sobre un desgastado batidero rajado de arriba abajo, de suaves y romas estrías. Cuando termine aquí, irá allá y después al otro lado. Así en una rueda diaria que empieza en lunes y termina al atardecer del sábado. Cuando sea vieja, dice, tendré unos ahorrillos de los que tirar. La maldita suerte se estrelló en ella y ni hijos le dio Dios. Mueve la silla, a la que le rechinan las entrañas, hacia adelante y hacia atrás, y con un movimiento de cabeza, gesto de pura resignación, se levanta arrastrando el asiento camino de su casa.
Ahora tiene que ir al comercio de Valentina, la de Rojas, a comprar medio litro de aceite, un cuarto de kilo de tocino para comerlo montado en el pan y un poco de bonito en escabeche para la cena. Sí, de aquél que se vendía en aquellas latas grandes de cuatro kilos, redonda, dispuesta y abierta sobre el mostrador. Va deprisa. Ya ha empezado el serial de la radio. No sé cómo se titula, no lo recuerdo, pero sí sé que las mujeres comentaban las peripecias en los corrillos mientras compraban en la plaza las hortalizas de huerta, sí, de huerta, que quede bien remarcado, dispuestas en las colmadas banastas que descansaban indolentes en el suelo, en orden marcial, delante de la posá de l´Antonia.
A veces, cuando yo iba camino de la escuela, y era el tiempo, me compraba una zamboa de aquéllas de carne amarilla, por tres perras chicas, que no se la saltaba un galgo. Aquéllos membrillos sí que eran ecológicos, biológicos o como se llamen ahora. Ni lo pelabas, ni na; lo restregabas en la manga de la camisa o en la pechera, y aquel membrillo quedaba reluciente como los chorros del oro, como una patena, vaya. Le pegabas un bocao y te ibas a dos carrillos, sin decir ni media palabra, y a punto de añugarte. ¡Qué dicen ahora de ecológico o lo que sea, coño, si yo sé de sobra lo que es eso! ¡Amos, anda, a nosotros nos la van a dar con la ecología! Teniendo como teníamos la Huerta de los Perales, la huerta de Juan Mula, la de la Vicenta, la de los Moraño, la de D. Rafael y la infinidad de huertecillos particulares, nos vienen ahora con mangas verdes con lo ecológico, ¡ te quiés i ya!
Iba contando, que María, se me va el santo al cielo, va al comercio de Valentina. Llevaba la esportilla en una mano y la cartilla de racionamiento para el aceite, en la otra. Ya se sabe cómo funcionaba la cosa. Había que tachar el bono correspondiente; uno de aquellos cuadraditos de una página que estaban perforados como si de un pliego de sellos se tratara. Pero Valentina, en un gesto de buen corazón, y porque podría hacerlo, no le señaló ningún cuadradito, ningún bono, así tendría para otra ocasión. En los ojos de María, ojos tristes y negros, se dibuja una sonrisa de agradecimiento. Como Thais, aquella sacerdotisa de Osiris, o como el santo Job, nunca se queja de nada.
Había dos tipos de cartillas: una para la carne y otra para lo demás. Cada persona podía sacar para la semana:
125 g. de carne (cuando había), ¼ l. de aceite (sin refinar), 250 g. de pan negro (qué racistas), 100 g. de arroz (sin descascarillar), 100 g. de lentejas (con bichos).
Alguien me ha contado que los cuadritos inutilizados por un tachón de tinta, los borraban con miga de pan; sería blanco, digo yo, y muchas veces colaban para racionar otra vez. Lo que sí he hecho yo, ahora que me acuerdo, era borrar los sellos de Correos por ese mismo procedimiento. Y los utilizaba, no sé si porque Agustín hacía la vista gorda o porque no se notaba de lo bien borrados que aparecían.
La cartilla, además de bacalao, azúcar, tocino, permitía también adquirir algunas exquisiteces: café, chocolate, dulce de membrillo, jabón (alguna vez), pero la Comisaría General de Abastecimiento y Transporte no estaba para esas menudencias y pocas veces se encontraban.
Por la calle Real se oye la voz de alguien que ofrece sus servicios. Aún no se divisa quién es. El corro de mujeres levanta la cabeza y, con la mano haciendo de visera, acechan la aparición del voceador. No es que quieran ver quién es. Simplemente se trata de que no han entendido lo que proclama.
- ¡El paragüeroooo! ¡Se arreglan paraguas pa no mojarse! ¡Se ponen variiiillas! ¡Se cambian empuñaúúúras!
Viene por el medio de la calle sin otro equipaje que una maleta de lata y a la espalda una especie de carcaj con un par de desvencijados paraguas destelados y un ramillete de varillas aparentemente nuevas. Lleva unos calzones a cuadros bastante rozados y una chambra de color gris un tanto decolorada.
Al pasar por la puerta de Tomás, el Picho, sale éste enarbolando un paraguas para llamar la atención del paragüero. Yo bien creía que el Picho trataba de darle en las costillas un mandoble paragüil ante aquellos ademanes tan enérgicos. Tomás era un hombrachón fornido, templado, de una cazurrería tal y de tan buen humor, que hacía muy buenas migas con los muchachos y la gente joven. Tenía unas manazas que no le cabían en los bolsillos. Un día, subido en un carro cargado de costales vi cómo los cogía con una mano llevándolos en vilo hasta la zaga del carro. No, no era ya tan joven, era más bien madurito en aquel tiempo. ¡Qué energía, Dios mío! Era para verlo y oírlo con aquella voz tan fuerte y varonil, que podría escucharse allá en el cementerio.
El paragüero se para y charla con Tomás el Picho. Éste le pregunta que cuánto le va llevar por ponerle una varilla que se le ha descuajaringao un día de viento y lluvia al cruzar la esquina de Sevilleta. Tomás le da el paraguas, el otro lo recoge, lo mira con cierto desdén y al ver que es una varilla y un remache, dice:
- Son dieciséis reales, amigo – en lacónica respuesta.
- Por dieciséis reales me compro uno nuevo en la feria de Zafra, mira éste – contesta Tomás con voz tonante.
- Pues a Zafra, amigo, que está aquí al laíto.
Se ponen de acuerdo, uno tirando y el otro aflojando, y al final quedan en catorce reales y media taleguilla de garbanzos que Tomás bajó del doblao.
- ¡El paragüerooooo! ¡Se arreglan…..!
Josefa, la otra contertulia de la resolana, es la más joven. Parece que esté ajena a lo que pasa a su alrededor. Se le nota cierta atención y fijeza en lo que está haciendo. Da la impresión de ser una labor delicada. Mantiene sobre sus rodillas un grandioso tambor que presenta en su cara una tensa tela blanca. En el suelo, en una cajita metálica, bien dispuestas una al lado de otra, en el fondo, se ven unas madejitas de hilo de distintos colores. Está bordando una flor, un tupido tejido de pétalos rojos de un brillo lustroso. Si tiene la aguja debajo, raya la tela con la punta y ésta le marca la posición de la siguiente puntada. ¡Vaya vista; santa Lucía se la conserve!
El sol se agacha tras los rojizos tejados. Humea la chimenea de la casa de Gregorito en un fluir blanquecino. Huele a leña quemada. Dentro se oye el majaderillo que golpea en el fondo del dornillo machacando los ajos para el gazpacho. El corro de la resolana se levanta, alguna se despereza sin disimulo. Han sido unas horas en hacendosa charla. Recogen sus artilugios lenta y pausadamente. Empieza en la radio el serial de Guillermo Sautier Casaseca - ¿tal vez Ama Rosa? - y nadie se lo quiere perder. Por la noche, en radio Andorra se escuchan las pesadas peticiones y dedicatorias de los radioescuchas: para Fulanita de Zutanito en el día de su cumpleaños. Para Pepe, que está de viaje en Pamplona, porque ha sido papá. Para Menganita, en el día de su primera Comunión, para que pase un feliz día. Para….
Un gato pasa veloz, erizado el rabo, ante el acoso de un perriche pequeñito y de agudos ladridos, adentrándose raudo en el zaguán de su casa, y saliendo de estampida por la puerta del corral, se encarama a las bardas de una tapia. Desde tan privilegiada posición, otea a su alrededor y paulatinamente el erizado del rabo cede a su primigenia posición. Ha pasado el peligro. Se sienta sobre los cuartos traseros y se lame suavemente las patas.
“Aquí Radio España Independiente, estación pirenaica, la única emisora española sin censura franquista, emitiendo desde….”




A. Fernández Bozano

1 comentario:

maria dijo...

Excelente narración, a través de ella me has transportado a ese escenario.

Entrañable estampa, si señor.

Meri.