viernes, 5 de marzo de 2010

EL SEMINARIO

EL SEMINARIO
Tenía yo por entonces once años. Por mi mente siempre había rondado la idea de ser cura desde bastante pequeño, cinco o seis años. No fue una idea imbuida por nadie. Mis padres no es que fueran excesivamente religiosos, pero sí que cumplían con los mandamientos de la Ley de Dios y con los de la Santa Madre Iglesia, según intuía yo. Esa idea permaneció viva en mi interior hasta la edad reseñada. Fue algo voluntario, vocacional, que lo mantuve en secreto más o menos velado hasta aquel día, en plena matanza, cuando la choricera reventaba la tripa del morcón en el pleno esfuerzo de mis brazos, y con voz entrecortada y medio asfixiado de apretar la palanca de la choricera exclamé: quiero ser cura.
Hubo un momento, ése en el que se ajustan las ideas y se asocian las neuronas en la mente de los que me escucharon, que el silencio podía cortarse. Toda la maniobra matancera quedó paralizada entre los presentes, incluidos mi tía Cipri y el tío Inocente. No es que hubiera caído aquello por sorpresa, no. Más bien fue la forma de manifestarlo y el momento, por qué no decirlo, tan poco oportuno. Los presentes vieron, tal vez, que exteriorizaba un pensamiento largamente rumiado; quizá también captaron el convencimiento con que lo manifesté ante todos, familiares y vecinos que ayudaban en las distintas faenas, con la firmeza de una decisión expuesta tan llanamente, que cortó la conversación y el trabajo al coincidir la mirada de todos en mis ojos. Yo realmente me quedé un poco desconcertado ante el asombro de los presentes.
Mi padre se quedó estático con la horquilla de colgar los chorizos apoyada en el suelo y apretándola con ambas manos, con la vista fija en el suelo. Mi madre, que picaba una morcilla, se levantó ligeramente emocionada y me dio un beso en la mejilla. Acto seguido, mi padre me preguntó si lo había pensado bien. Asentí con la cabeza, pues me sentía algo molesto por la impresión provocada entre los que me rodeaban.
Por la tarde, una vez finalizada la matanza, mi padre visitó al párroco, D. Arcadio, a ponerle en conocimiento de mi decisión y así agilizar los trámites para mi entrada en el Seminario. Al día siguiente hablé personalmente con don Arcadio, no recuerdo de qué, pero imagino que me sondearía a cerca de la cuestión.
A los pocos días, el párroco recibió la notificación de mi admisión en el Seminario para el curso siguiente. A partir de aquí fueron días agitados para mi madre. Tenía que comprarme ropa para una estancia prolongada fuera de casa. Gastos extras. Con cuánto cariño me marcaba cada prenda a punto de cruz. Todo con las iniciales como exigía el protocolo: pañuelos, calcetines, camisetas, sábanas, batas, toallas...
Aquella primera sotana me la cortó y confeccionó Leocadita, la mujer de Joaquín el municipal y madre de Quinito y Eusebio – El Pelotazo - . Éste era aún un renacuajo que casi andaba a gatas todavía por aquel entonces. ¡ Con cuánta ilusión me hizo aquella buena mujer la sotana y el roquete! Un roquete albo, de hilo, guarnecido con una puntilla por abajo y las mangas que mi madre tejió. Como no tenía fijador para el roquete, Leocadita me agenció uno de Quinito, con la borla dorada como el cordón, para que estuviera completo. Para la sotana hubo pruebas a todos los niveles. Date la vuelta, Antoñito; anda un poco; ponte derecho; ponte así y ponte asá. Parece que te queda larga, Antoñito, le meteré un poco la bastilla. Todo lo decía ella. Al final me dijo: te queda muy bien, niño. La sotana quedó como tenía que quedar, perfecta. Leocadita – “Locadita”, le llamábamos-, siempre te tendré en mis recuerdos.
Llegó la hora de marchar al Seminario. Yo iba a ver cumplido mi deseo. Mi madre preparaba los últimos detalles, me daba los últimos consejos. Su rostro denotaba preocupación. La preocupación de cualquier madre que ve salir a un niño fuera de casa, cuando siempre lo ha cuidado hasta la prolijidad. Mi padre callaba, pero se le notaba cierta preocupación también.
El día antes fui a avisar a Tomás, el del carrillo, para que pasara por casa a recoger el baúl, la maleta y el colchón, un colchón relleno de borra, para que lo trasladara a la estación. En verano volverían nuevamente a casa por el mismo procedimiento todos los avíos. No sé porqué razón nos obligaban a trajinar con tales archiperres para arriba y para abajo y no podíamos dejarlos en el centro para cuando volviéramos otra vez. Tomás recogió los bártulos y en la estación los facturó mi padre hasta Fuente del Arco. Una vez allí, había que recogerlos y volverlos a facturar hasta Badajoz, con lo engorroso que era el traslado de tanto bulto. Menos mal que los seminaristas mayores nos ayudaban a los pequeños, porque si no, no sé cómo hubiera podido con cacharros tan voluminosos.
La odisea era cuando llegábamos a la estación de Badajoz y habías de alquilar el carromato que llevaría al Seminario los enseres de toda la barahúnda estudiantil que llegábamos el mismo día y casi a la misma hora. De verdad, aquello parecía la conquista del oeste, bien reflejada en aquellas películas de antaño. La maleta que yo llevaba era de madera y bastante grande. Era la misma que utilizó mi padre cuando estuvo en el ejército en aquella gloriosa guerra incivil. Cargada, pesaba como un demonio, o como dos o tres, ya ve usted, que lo mismo me da a mí poner un demonio o un centenar, porque a bien saber yo no podría averiguar el peso real de uno de estos entes; en resumen, quería decir que pesaba bastante. En una de aquellas navidades, ya a la vuelta para Badajoz, llevaba chorizos, morcillas y salchichones para dar y tomar. El niño no se desmayaba, no. Que conste que en el Seminario se comía bien, ¿eh? Fíjate que hasta nos daban merendilla: leche en polvo americana, queso de la misma denominación de origen, una pastilla de chocolate un tanto arenosillo y pan tiernito de verdad. Iba diciendo, que llegamos a Badajoz y el del carromato de llevar los bultos, al coger la maleta en peso para subirla arriba, valga la redundancia, se quedó sin poder tirar de ella y no pudo por menos que expresar:- ¿qué traes aquí, un cochino gordo?-
- Pues sí, pero descuartizado, oiga -le respondí.
Los carreros, esos días de entrada y salida, se ganaban un buen sobresueldo. Para nosotros, los seminaristas, era mejor, pues al ser tantos los que nos encontrábamos allí, regateábamos el precio del transporte, lo cual ayudaba a nuestra ya escasa economía.
El Seminario estaba enclavado allá en la cañada de Sancha Brava. Digo allá, porque en aquellos tiempos era una mole de tres pisos situada en pleno campo, a unos pocos centenares de metros de la barriada de San Roque y a escasos metros del campo de fútbol de El Vivero. Ahora, esta zona está irreconocible para mí, tal ha sido el auge de la construcción por aquel entorno.
Al llegar al Seminario, me llamó la atención aquellos enormes dormitorios corridos con camas de distintas tonalidades, según el color de la colcha que la cubría. Eso sí, cada una tenía un lavabo al lado con agua corriente para lavarte y fregarte los dientes. Una banqueta de madera y un orinal completaban el mobiliario. La maleta la poníamos debajo de la cama y el baúl a los pies, robando pasillo a las dos hileras de camastros. Los váteres eran comunitarios y las puertas tenían una ancha abertura por abajo, lo que restaba no poca intimidad a la hora de “hacer aguas mayores”, como eufemísticamente se le denominaba al hecho de defecar o ciscar según la ortodoxia lingüística del estamento seminaristil. El bien hablar era una norma a efectos de la expresión.
Los dormitorios de los medianos ya era otra cosa. A estos se les denominaba “Los Sagrados Corazones”. Eran estancias individuales separados por un tabique sin puerta y sin techo. Después, ya un poco mayor, pasabas a dormitorios con puerta y todo. Dentro de estos los había que tenían ventana que daban al patio de los naranjos y otros que no. Los de ventana se los concedía el prefecto a aquellos que tenían un buen comportamiento, o sea, a aquellos que eran modositos o buenos y a aquellos que destacaban en los estudios. Yo no tenía ventana porque no pertenecía a ninguno de los dos grupos, así de sencillo. Más bien fui un díscolo y un alborotador de tomo y lomo siempre dispuesto al cachondeíto y la broma, viniera o no viniera a cuento. Cualquier momento era bueno para provocar pullas entre los compañeros.
Los primeros días después de las vacaciones estivales se dedicaban a Ejercicios Espirituales, aquellos de San Ignacio, dirigidos casi siempre por un jesuita de la ciudad. Aquello ya venía bien, porque después de tres meses de vacaciones, estábamos más disipados que una gaseosa abierta. Solían ser tres días dedicados al espíritu, pero según quién dirigiera los Ejercicios, podría ser de un aburrimiento mortal, o por el contrario, que te divirtieras inclusive. He de reconocer que para mí eran un palo, como dicen ahora los muchachos. Tanta plática, tanta meditación, tanto silencio rumiado; aquellos paseos en solitario, sin abrir la boca con nadie durante los tres días, eran más bien un suplicio. No todos respetábamos esos largos silencios de reflexión y cuando veías que no te observaban, podría ser un buen momento para decir dos o tres palabras con alguno que se te cruzara. En aquel verano yo había estado en reposición y puse diez o doce kilos. En uno de aquellos paseos me crucé con Elías Gómez Borrallo, buen amigo mío entonces, que el curso anterior cogió el tifus y estuvo en Zahínos unos meses hasta que se curó, y me espetó:
- Estás más gordo que un cochino cebao, chacho-.
El tío me dijo gordo, así por la cara, sin más y sin ton ni son. Puñetas, qué mal me sentó.
- Y tú estás como una cabra chota y no tienes más de una neurona- le contesté con media sonrisa-, pues la otra media ya la tenía atragantada al sentirme tocado ligeramente con un dedo en mi hombro. Me había pescado uno de los inspectores, Diego Guerrero, que me conminó a guardar silencio poniéndose el índice, tieso, delante de los labios.
Supongo que a partir de entonces, Diego, no me quitó ojo de encima y naturalmente me pescó nuevamente. Me crucé con Santana:
- Eres más feo que Picio- hoy cura- y no serás cura de puro feo que eres, puesto que así lo dice el Derecho Canónigo- le dije.
Vino de inmediato el inspector y preguntándole a Santana qué le había dicho yo, le contestó “feo” escuetamente y con cierto énfasis y molesto.
- ¿Quién, yo?- pregunta Diego.
- No, digo que Bozano me ha dicho feo.
Diego me miró de arriba abajo con ese desdén propio de un superior, como diciendo para sí “mira éste, mira quién va a hablar”. Quedó ahí la cosa, Diego tomó buena nota. ¡Qué memoria tuvo en las calificaciones de conducta al mes siguiente!
Aquella semana estaba yo de lector en el refectorio. Menos mal, porque era una forma de quitarle las telarañas a la garganta. Se leía desde un púlpito situado a uno de los lados del comedor. A viva voz, no había ni micrófonos ni nada que se le pareciera. Estaba yo leyendo el martirologio y venía no sé qué de Samaria. Pero yo le cambié el acento tónico y leía Samaría que me sonaba mejor.
- Répete (repite, en latín)- me dijo el prefecto que paseaba leyendo el breviario.
- No sé qué y tal y tal....Samaría – nuevamente.
- Répete – volvió a insistir.
- Samaría.
- ¿Estás leyendo bien?- me preguntó.
- Sí, señor.
- ¿Qué dice, Samaría o Samaria?
Entonces me percaté de mi ignorancia al ver que no llevaba tilde sobre la i, pero a pesar de todo y de todos los pesares contesté nuevamente que allí ponía Samaría. Sostenella y no enmendalla. No di mi brazo a torcer, más por las risas y alboroto de los mayores que reían a mandíbula batiente, que por otra cosa. Porque las carcajadas cada vez de lo de Samaría aún resuenan en mis oídos.
Naturalmente a mí aquello no se me olvidó. A los dos o tres meses, o más, que no me acuerdo bien, me tocó nuevamente de lector. Que conste que allí salíamos a leer los que teníamos una buena mecánica lectora. No es por nada. Pues bien, era durante la cena y no sé qué libro era. Sería de algún santo o santa, porque las biografías santorales estaban a la orden del día. Mira tú por dónde, que unos día antes había leído en el HOY, que el vocablo telegrama se podía decir también telégrama. Pues leyendo leyendo me encontré con la palabra y le cambié el acento, aposta, adrede, al modo moderno. Como aquello era una novedad lingüística, el cachondeo y pitorreo, con cerca de doscientos tíos jaleando la tilde, fue de los que marcaron época.
- Répete- el prefecto.
- Telégrama – el niño.
Vuelta al pataleo estudiantil, siempre a la espera de cualquier elemento discordante para armar la gresca.
Entonces, el prefecto – don José Díez – con mucha parsimonia, majestuoso, autoritario, sabedor de la verdad y con cierto énfasis, dijo:
- Han de saber ustedes, que el vocablo tal y tal ha sido admitido por la Real Academia como....Todos enmudecieron y la sonrisa se tornó en mueca de desagrado cuando yo dije desde el púlpito la palabra ignorantes con voz bastante audible.
- ¡uh,uh,uh! –como repuesta estudiantil.
- Discúlpese, señor Bozano.
Qué remedio me quedaba. Pedí mil pendones a todos los presentes. No estaba el horno ya para bollos con la cara del prefecto algo congestionada ante tal situación tan impropia como inesperada.
Al día siguiente de mi llegada, me puse por primera vez la sotana que con tanto cariño me hizo “Locadita”. No sabía ni andar con ella. Como me la hiciera un poquito larguita, ya se sabe, estaba creciendo, pues eso, que me la tenía que recoger un poquito con las manos y levantarla para que no me arrastrara. Salimos al patio y con ella jugué mi primer partido de fútbol en el centro. Tuve que cepillarla de arriba abajo para quitarle el polvo que cogió. Sudando como un energúmeno, era el mes de octubre, hicimos filas para ir a la capilla a rezar el Santo Rosario. En esta capilla del Seminario Menor se me fue haciendo el oído a los primero sonidos del canto gregoriano dirigido entonces por don Carmelo Solís. ¡Qué gran director! ¡Qué voz! A mí me escogió como tiple segundo en mis primeros escarceos con la masa coral. ¡Qué polifónica! Si en aquella época hubiera habido la facilidad de grabación de hoy día, aquel coro hubiera marcado un hito, no sólo a nivel regional, sino a nivel nacional, compitiendo con Silos, Montserrat y el Orfeón donostiarra. Allí aprendí las primeras notas musicales en método de solfeo. Yo entonaba bastante bien, pero había otros que entonaban como los grajos en invierno. ¡Qué desentone! Estos estudios musicales me servirían después para sacarme algún dinerillo en Granja enseñando solfeo y canciones a los estudiantes de Magisterio. Todos los maestros de mi época pasaron por mi instrucción musical. Por cierto, todavía hay alguno que no me ha pagado el último mes las setenta y cinco pesetas que cobraba. ¡Ay, mísero de mí, qué memoria tengo! Me da coraje, porque ya se sabe, “lo olvidao, ni agradecío ni pagao”. Esto no es más que pura retórica, pero bien mirado, esas setenta y cinco pesetas, puestos a interés compuesto, hoy serían unos duritos, unos euros quiero decir, al cabo de más de cuarenta años. Pero no, no se lo voy a recordar al deudor y el que me lee se va a quedar sin saberlo, porque no es cuestión de airear el nombre de nadie por tan poca cosa. Mi amigo Fernando Corvillo sí que lo sabe, pero en este caso, Severo, es una tumba.
En algunos recreos nos dedicábamos a cantar canciones regionales a dos y tres voces a los que nos gustaba cantar. Yo por aquel entonces tocaba bastante bien la armónica . otros tocaban la bandurria, el laúd o la guitarra.¡Qué maravilla de coritos que montábamos! La voz ya va decayendo en los tiempos que corren. Es cosa de la edad.
A la semana de entrar en el Seminario, llegó el día de lavar la ropa. Me entraron unos apuros enormes, pues con once años los recursos para solucionarte un problema desconocido son bastante limitados por la edad y más por el hecho de estar fuera de casa. No tenía ni idea de cómo funcionaba la cosa. Le pregunté a un compañero cómo lo solucionaba él y me contestó que él tenía una lavandera que le recogía la ropa sucia y se la devolvía limpia y planchada. Como yo no tenía vista ni hablado acerca de la lavandería, pues me eché para adelante y yendo al cuarto donde se depositaban las talegas para tal menester, cogí la primera que se me vino a las manos y vi en la tablilla que colgaba el nombre de Ramona. Yo, ni corto ni perezoso, antes muerto, le endilgué el nombre a mi tablilla y cuando aquella buena señora vino a recoger las talegas que le pertenecían, como viera la mía con su nombre, pues se la llevó también para su lavado y planchado. Yo esperaba la continuación y el desenlace naturalmente. Al lunes siguiente ya tenía hecha la colada correspondiente. Claro, la señora Ramona quería saber quién era el nuevo cliente de sus servicios. D. Francisco Franco, el conserje del Seminario, me pasó recado para que me presentara en la sala de visitas. Allí estaba la señora Ramona, mediana edad, con la sonrisa en los labios, en principio para saber quién era yo y después, naturalmente, para decirme cuánto era la colada. No recuerdo bien, pero me preguntó que quién me había dado su nombre para el lavado. Yo no sé qué le contesté, pero yo tenía ya mi colada semanal por cuatro o cinco duros mensuales. El destino quiso que fuera la señora Ramona mi lavandera y no otra de las muchas señoras que iban a lavar la ropa a los seminaristas.
Guardo un gratísimo recuerdo de algunos profesores. De otros, no tanto.
Recuerdo con nostalgia aquellas clases de latín con don Juan Martínez. Tenía una simpatía arrolladora y entre declinación y declinación siempre había un momento de asueto, distensión y churripiteo, como él le denominaba. En esos momentos te podía hablar de cualquier cosa. A nosotros nos tenía encandilados, tanto, que a veces le exigíamos tener un ratito de churripiteo. Que conste que yo en mis clase sigo la misma técnica y me va de maravilla. Los chavales están deseando que les cuente cualquier anécdota. Es la curiosidad infantil. Este profesor, don Juan Martínez, hacía un comentario harto asiduo por lo repetitivo que era el siguiente. Cuando ya llegaba el verano y por consiguiente las calores, al finalizar la última clase de la mañana, no sin cierta malignidad por su parte, nos decía: “ahora cuando termine aquí me voy a ir a la cafetería La Marina y me voy a tomar una cervecita con una ración de gambas de no te menees. ¡Qué rica que va está!”. Lo decía con recochineo sano y simpático. Sí que debía de estar rica por la pasión que ponía al decírnoslo.
Entre los alumnos había uno, Jerónimo Ropero Romero, que lo rebautizó con el mote de “el niño pernocta”. ¿Por qué? Pues sencillamente iba a dormir a su casa cada día una vez finalizadas las clases de la tarde. Además era el que nos traía algún encargo que le pedíamos. Yo, como era filatélico, cada vez que salían nuevos sellos, le encargaba la serie recién salida y a la mañana siguiente la tenía en mi poder. ¡Qué buen recadero eras, Jerónimo! Gracias, al cabo de todos estos años, amigo.
Don Juan Peralta y Sosa, era otra cosa, o sea, de Don Benito, calabazón y había que echarle de comer aparte. A mí me tenía una manía que yo le temía como a una vara verde. Era el prefecto de los pequeños y además nos daba matemáticas una vez a la semana. Ese día fatídico era el miércoles a media mañana. Llegado ese día, nos quedábamos en la cama un verdadero montón con síntomas de fiebre. Al poco rato llegaban los enfermeros, seminaristas mayores que ejercían ese cometido, y nos preguntaban qué nos pasaba. Podías contarle cualquier historia más o menos verosímil, pero te ponían el termómetro para ver si tenías fiebre. Al menor descuido del enfermero te quitabas el termómetro, lo frotabas sobre la manta o la colcha y aquello te daba seguro. Yo una de las veces frotaría tan a lo bestia, que el mercurio llegó a los 42º como si tal cosa. El enfermero dio un respingo cuando lo vio y me tocó la frente y me tomó el pulso. Aquello no cuadraba: “Vamos, Bozano, levántate ya”. Había otro sistema que creo que funcionaba también para tener fiebre. Yo no lo probé nunca, pero parece ser que si te comes una media tableta de chocolate, pues eso, que con las calorías que tiene, te subía la temperatura. Peralta siempre preguntaba a los que más manía tenía. Tres compañero míos se llevaban la palma. Decía sin compasión: “Torvisco, Rosco, Risco, exea”. Yo creo que el imperativo del verbo exeo no es ése, pero así lo expresaba. O sea: Torvisco, Rosco, Risco, salid. Cambiaban de color presagiando el ridículo que se les presentaba y allá salían con ese talante sumiso ante la tormenta que se avecinaba. Un poco sádica, la verdad, la situación.
Don Eloy Soriano daba matemáticas en tercero. Con aquel profesor, como no se sabía el nombre de los alumnos ni a final de curso, cuando nos sentábamos ya nadie lo miraba para que no te preguntara. Todo el mundo mirando cada uno su libro como si estuviera uno concentrado en la cuestión que tocara. Y decía: “eh, tú, sal. Sí, tú, no te hagas el longui”. Pero nadie quería levantar la vista. Hasta que el primero que miraba y preguntaba que si era él se la cargaba por mirón. ¡Toma ya! ¡Pa que mires! Yo estaba enchufado con él porque de joven era amigo de mi abuelo Ricardo. La verdad es que yo no tenía ni idea de matemática, pero siempre me aprobaba. Tener amigos o no tenerlos.
A veces, cuando explicaba alguna cuestión, tenía la costumbre de dirigirse al alumno con ese gesto de los dedos anular y corazón recogidos y presionados por el pulgar y el índice y meñique extendidos, que tanto encabronan a algunos conductores de vehículos. Naturalmente era un latiguillo gestual sin ninguna malicia por su parte.
Don José Mª Martínez era profesor de historia. Tenía las clases a primera hora de la tarde, después de comer. Ya era mayor y el pobre se dormía durante la clase. Te nombraba, salías, empezabas el tema y al momento estaba como un tronco. Cuando tú veías que dormía, te callabas y así permanecías, como un pasmarote, hasta que se despertaba. Cuando le daba el despertar te sugería que continuases: “bueno, sigue, chiquito”. – Si ya he terminado, don José Mª, le respondías. –Pues bueno, siéntate. Te ponía la nota, y así hasta el próximo mes que te volviera a preguntar. La clase, mientras tanto, permanecía en silencio sepulcral hasta que abría los ojos.
Pero el que se llevaba la palma del profesorado, e iba pasando de curso en curso, como reguero de pólvora, las tontería que se podían hacer con él en clase, fue el ínclito profesor de griego don Carlos Nieto.
Era un sabio en su materia. Doctor en clásicas. Número uno por oposición a cátedra en la Universidad Pontificia de Salamanca.
Algo debió ocurrirle para salir de Salamanca. Era un hombre temeroso y falto de autoridad ante el alumnado. Llegó a Badajoz, vaya usted a saber las razones, para impartir clase de griego a los alumnos de cuarto y quinto de bachiller. Fue el más grande helenista de su época junto al padre Mayor, jesuita. Entre algunas curiosidades se cuenta aquella de que tenía traducida la Biblia a exámetros latinos. Cualquiera algo ducho en la materia podrá dilucidar la dificultad que entraña tal composición.
Estatura mediana, enjuto de miembros, nariz aguileña entre dos ojillos pequeños y vivarachos, ávidos de observación. La voz un tanto atiplada, que no afeminada, daba en conjunto la visión de una persona poco común.
Una sotana algo desgastada y descolorida, brillante en la culera de puro roce. El poco pelo, raído y corto, dejaba entrever una coronilla bien redondeada y afeitada, que desaparecía al cubrirse con la teja, lisa y sin pelo, como piel de sapo. Un hombre ya entrado en años, casi setenta, si no pasaba, cuando yo fui alumno. Poseía la agilidad y el nervio de un gato montés y andaba siempre deprisa como si fuese a llegar tarde a su destino. Lector empedernido de los grandes clásicos en su idioma original: latín, griego, hebreo, arameo, que los hablaba como el español e incluso mejor, según contaban.
Tenía poca paciencia con el alumnado y lo entiendo. Un señor que sabía más griego que todos los clásicos juntos y tener que enseñar el abecé a unos críos debía ser demasiado para él. Quería que cualquier tema, con explicarlo una vez, no debías olvidarlo ya nunca más. Era tan elemental para él, que se olvidaba que el resto de los mortales no sabíamos como él.
- Pero chico, ¿cómo puedes decir eso? Chicos, no sabéis nada de nada.
- Don Carlos, es que somos unos helenistas ignorantes.
- ¡Helenistas, helenistas! ¡Cómo podéis decir que sois helenistas, ignorantes! ¡Quitad la palabra helenista de la boca! ¡Verduleras, verduleras es lo que sois!
Esto de verdulera lo decía en griego – lanzanopoien- o cosa así sonaba.
- Sois estultos y mentecatos. Y para que sepáis, mentecato proviene del griego tal y tal, que a su vez derivó al latín, mens y capio, o sea de mente encogida. Eso es lo que sois, de mente encogida.
Las clases llegaban a ser de lo más surrealista con estas disquisiciones. Si alguien decía una patochada en griego, el que venía detrás la decía más gorda y aquello no tenía fin. Daba puñetazos sobre la mesa y pateaba sobre la tarima, se ponía rojo de ira cuando contestábamos la sarta de sandeces continuas que vomitábamos por nuestra boquita. Era insoportable a sus oídos y ya lo decía él: “vuestros errores me dañan los oídos”.
Lástima que tanta sabiduría se quedase para él.
Era miedoso de los animalillos, cucarachas, saltamontes, lagartijas, grillos. Alguna vez le pusimos en el cajón de la mesa una lagartija y era de ver cómo se retiraba y mandaba que la capturásemos ante el jolgorio general. Todo lo sufría con resignación cristiana, con ese talante de que con gente joven todo estaba perdido sin remisión.
En una de aquellas tardes de mayo primaveral, aún el sol caía casi en la vertical del cénit , después de la merendilla, cinco y media de la tarde, teníamos clase de griego. Yo no estaba dispuesto a perder tan hermosa tarde oyendo y escuchando declinaciones, verbos y traducciones helenas. Me puse de acuerdo con toda la clase que llegado el momento iba a vomitar en el aula, me marearía y que me sacarían al patio para que me diera el aire.
Así fue. A los pocos minutos del comienzo de la clase, me levanté dirigiéndome a don Carlos con exagerados ademanes de que tenía ganas de vomitar. Mientras intentaba entenderme qué era lo que me pasaba, ya fue lo suficiente tarde para ello. Con la boca llena de agua, pan y chocolate mezclados, se lo eché encima sin remisión. Se levantó como un resorte del sillón con la inmundicia que le cayó encima, mirándome de hito en hito, sin dar crédito a cómo se veía sin comerlo ni beberlo, caí desplomado al suelo empujando en mi impulso las primeras mesas. Acto seguido se levantó media clase, unos treinta, para transportarme al exterior y la otra mitad como comitiva. Sólo se quedaron él y el bedel de clase, allá sentado en la última fila, Elías Gómez Borrallo, estoico y hierático, cumpliendo con su obligación, hasta que nuevamente empezara la clase. Casi media hora estuvimos en el patio para mi recuperación. Los que quedaron conmigo fueron entrando de uno en uno y cada uno de ellos le iba notificando a don Carlos mi recuperación y mejoría. Al final, llegamos los tres últimos, yo en medio y flanqueado por dos compañeros no fuese que me mareara de nuevo. Seguimos la clase.
De vez en cuando, montábamos una representación teatral adaptada a actores masculinos exclusivamente que éramos los que allí residíamos.
Habíamos preparado una obra de Muñoz Seca, no recuerdo cuál, muy simpática y divertida. Necesitábamos para la obra un reloj de pared, que muy amablemente nos prestaron las monjas que estaban al servicio del Seminario. Era un reloj antiguo, grande, redondo, con una caja de madera de tono amarronada y de números romanos enormes. No funcionaba, algo no marchaba en su maquinaria impidiéndole comportarse como un reloj. Descubrimos que aquel reloj, a pesar de su disfunción, tenía otras cualidades. En el Seminario, harto represivo porque así funcionaba en aquella época, los estudiantes aguzábamos el ingenio para divertirnos de una manera proba, beatífica, sin maldad a ser posible, y nos sacara de la monotonía de una día y otro con el mismo síndrome. Una especie de desintoxicación, vaya. Digo que el reloj tenía la virtud de que estando la aguja horaria en las doce y haciendo retroceder la minutera hasta las menos cuarto, adelantándola a continuación hasta las doce en punto, el reloj daba tantas campanadas como indicaba la hora, y además, repetidas, o sea veinticuatro sonoras campanadas. Fue un descubrimiento asombroso por mi parte y pensé la estrategia a seguir para desbarrarlo durante la clase, cómo no, de griego.
En el marco de la pizarra, a ambos lados, enrosqué un par de cáncamos por cuyo orificio pasaría un hilo atado a la aguja minutera y al tirar uno de la primera fila situado a la izquierda, arrastrara la aguja hasta las menos cuarto. Otro hilo atado a la misma aguja pasaría por el cáncamo de la derecha y allí el de la primera fila tiraría del hilo hasta arrastrar la aguja y situarla en las doce en punto. Yo era el de la izquierda. Comprobado el funcionamiento, aquello pitaba, vamos si pitaba.
Llegó don Carlos y, como siempre, inició la clase con el Pater Noster. Nos sentamos y pasado un tiempo prudencial, no mucho, porque estábamos deseando empezar la trastada. Tiré del hilo, la aguja bajó, tiró el otro y aquello empezó a campanear a discreción. Don Carlos oye las campanadas, gira la cabeza hacia atrás y arriba, observa el reloj que aún tocaba y pregunta qué era aquello. Salí yo muy gustosamente a explicárselo desde el principio, comenzando por la representación teatral, de quién era la obra, personajes, intérpretes, argumento, trama…etc. Intentaba don Carlos que yo no fuese tan prolijo en las explicaciones, pero yo seguía dándole pormenores de lo habido y por haber. Como no cejaba en mi explicación, se cabreó y poniéndose de pie, dando zapatazos en la tarima, me conminó a que me callara “so pena de enviarme directo a la Rectoría”. Viéndole de esta guisa, desistí de mi largo monólogo. La clase reventaba.
Nos sosegamos un poco, y al rato, nuevamente la misma treta para que sonaran las campanadas. Preguntó que porqué sonaban doce campanadas si eran las seis. Nuevamente intervine yo manifestándole que el reloj era de repetición y que sonaba cuando le daba la gana y no tenía en cuenta la hora, siempre daba doce campanadas y repetidas. Algunos lloraban a lágrima viva, de pura risa, ante la situación. A la tercera vez que sonaron las veinticuatro campanadas quería a todo trance que sacáramos de allí aquel molesto artilugio. Salí yo en defensa del reloj argumentándole con verdaderos absurdos dicha imposibilidad, entre otras que no podíamos ser desagradecidos con las monjas que nos lo habían regalado para lucirlo en la clase, la única que tenía reloj en todo el Seminario. Total que lo convencí para que no lo sacáramos, de momento. Insistimos en la broma por cuarta vez y aquí sí, no pudiéndolo resistir más, fuera de sí, hecho un basilisco, miró el reloj, se levantó, se subió en el sillón para alcanzarlo, lo agarró, bajó del sillón, lo golpeó sobre la mesa a la vez que observaba unos hilitos que iban a distintos sitios.
- ¡Complot, complot, esto es un complot!, gritaba fuera de sus casillas.- ¿Esto qué es? ¿Qué son estas cuerdas? ¿Quién las ha puesto?
Iba diciendo todo esto a la par que salía por la puerta de clase en busca de la ayuda del Prefecto. A partir de ese momento la clase enmudeció y yo más. Al instante se presentaron el Prefecto de Menores, don José Díez, el de Mayores, don Antonio Núñez, y el Rector, don José García. El triunvirato, vamos.
El rector hizo las preguntas de rigor en estos casos y salí cabizbajo y meditabundo camino de la Capilla. Allí debía reflexionar acerca del comportamiento mantenido y sostenido en clase. Al día siguiente yo debía pedirle excusas y perdón por lo acaecido a don Carlos, pero no me perdonó. Decía que yo era “malo, malo, muy malo, astutamente malo y perversamente malo” (sic).
Me tuvo el resto del trimestre sin que pudiera asistir a clase. Me suspendió en griego. El Obispo Beitia Aldazaba, don Eugenio, me vio más de una vez en aquel pasillo, amonestándome siempre a un mejor comportamiento. Se sabía mi nombre y apellidos, mira qué suerte.
Esta broma corrió como reguero de pólvora en los medios estudiantiles de todo Badajoz, según me explicaron después.
El comedor era enorme. Creo recordar que había nueve mesas largas de mármol. Cada uno tenía asignado un lugar y no había opción a ningún cambio. Bueno, si no te comportabas bien, lo más probable es que te pusieran al lado del inspector. En uno de aquellos cambios a mí me pusieron junto a Diego Guerrero. Así estaba más controlado.
Las mesas eran servidas por los fámulos, cargo semanal, que recaía por turnos entre nosotros. Nos encargábamos de llevar las soperas, los azafates, etc. para que cada uno se sirviera lo que quisiera. Al final recogíamos todos los utensilios de las mesas y vaciábamos las jarras de agua. Las encargadas de la cocina eran las monjas, imagino que ayudadas por alguna cocinera especializada, que se preocupaban del menú. De la cocina al comedor pasaban las fuentes a través de dos tornos situados en una salita anexa al comedor, del que se encargaba el tornero. A mí me divertía ese cargo y lo fui en bastantes ocasiones. Para pedir algo, golpeabas el torno con la palma de la mano y acto seguido preguntaban qué hacía falta y de inmediato era servido. De verdad que las hermanas eran eficientísimas y simpatiquísimas. Eran monjas de clausura, pero muy bulliciosas. Cuando algún balón salía fuera del recinto, estando jugando al fútbol, nos saltábamos al exterior salvando el muro que rodeaba el patio para recogerlo. Desde allí arriba en la tapia, unos tres metros de altura, se las veía cuando jugaban con una pelota o a la comba en un patio interior que ellas tenían. Con qué alegría se divertían en los juegos, qué alboroto, qué vocerío, qué risa tan contagiosa, qué jaleo armaban. De verdad daba gusto verlas tan animosas.
Un día, los reverendos nos llevaron de gira al río Caya. Eso era algo extraordinario por lo poco que se hacía y lo bien que te lo pasabas. Allí en una explanada preparaban la comida los cocineros. Algunos seminaristas llevaban caña de pescar y se entretenían en la captura de carpas, barbos, tencas y tortugas. Al finalizar la jornada, yo era tornero aquella semana, los que habían pescado me mandaban los peces y yo los enviaba a las monjas para que los frieran. En uno de aquellos platos que yo enviaba puse encima una culebrilla de goma, enroscada con la cabeza algo dispuesta, y le dije a la hermana, que estaba al otro lado del torno, que me preparase lo que le mandaba. Le dio la vuelta al torno y al recoger el plato y ver la serpiente pegó un grito que resonó hasta en los infiernos. Mientras le enviaba los peces me reía yo de la gracia, pero cuando oí aquel grito de horror, me puse lívido. Naturalmente el prefecto, Díez Medina, fue a ver qué había pasado y al volver me restregó la culebra por la nariz, moviendo alternativamente la cabeza diciéndome qué gracioso era yo.
Esa vez sí que pedí disculpas de verdad, con sentimiento de haber actuado con ligereza y haber dado un enorme susto a aquella humilde monjita. Pesar más grande que aquél no tuve ninguno en el Seminario. Fue un grito de espanto tal, que aún resuena en mis tímpanos.
Un par o tres de años antes, allí en Caya, tuve un gracioso percance para los demás y no tanto para mí. Corríamos por allí unos cuantos haciendo la cabra, había pescadores en las orillas, con tan mala fortuna por mi parte, que uno de ellos me clavó el anzuelo al lanzar la caña justamente cuando yo pasaba por detrás cogiéndome (pescándome) por el labio inferior. Empecé a gritar como un energúmeno al verme tan miserablemente pescado que, a mi llanto y lamento, acudieron en tropel unos cuantos seminaristas mayores, Campos entre ellos, intentando desengancharme el anzuelo. Yo gritaba como un poseso y no me dejaba hacer. Un señor que andaba por allí paseando a caballo se ofreció a llevarme en la grupa al hospital, pero entre unos y otros lograron desasirme del vil anzuelo. Una vez me vi libre de semejante y embarazosa situación seguí brincando como si no hubiera pasado nada.
Cuando salíamos del Seminario a cualquier sitio, siempre íbamos formados en ternas. Si por cualquier fiesta religiosa teníamos que ir a la Catedral, aquellas filas eran interminables. Vestidos con sotana, beca y birrete fue una estampa pintoresca de estudiantes de doce a veinticuatro años andando por los laterales del puente viejo, Puerta de Palma y San Francisco hasta llegar al Templo Catedralicio, entre los habitantes de la ciudad.
Había un día a la semana, creo que era el sábado al atardecer, en el que te podías lavar con agua caliente, no mucho, la verdad, pero algo es algo. Sobre todo era de agradecer en aquellos gélidos días de invierno en los que andabas arrugado y encogido de pura tiritona. Nos poníamos en fila cada uno con su palangana de cinc esmaltada de blanco, con más descascarillados que un puchero de matanza, e íbamos pasando por el lugar donde, apoyadas en el suelo, había unas cuantos jarrones de hojalata llenos de agua caliente de los que te iban sirviendo. Te llenaban la palangana, te marchabas a tu cuarto y entrabas en trance con el pediluvio de lo calentita que estaba el agua. En pleno invierno, ya se agradecía, porque lo normal era estar a menos de cero grados, y a esas temperaturas, nos levantábamos a las seis de la mañana, no te lavabas ni la cara. Te mojabas un poquito los dedos con el agua helada del grifo y te quitabas las legañas como mucho.¡ Pues no hacía frío ni nada.!
Los días de niebla, el Guadiana estaba allí al ladito, no veías ni tres en un burro. Niebla espesa que se entraba hasta los huesos. Parecía que el día no llegaba y se te ponían las orejas como un témpano de hielo. Si salías al patio, tenías que correr si no querías quedarte hecho una estatua. Corrías, peloteabas con el balón que no parecía de cuero. Aquello era de puro acero de lo duro que estaba y blanquecino como si le hubiera caído toda la escarcha de la noche. También jugábamos al frontón con pelota de goma en las paredes del edificio. A los primeros toques, como le dieras con la punta de los dedos a la pelotita, te los llevabas a la boca de dolor y tratabas de calentártelos con el aliento. A todo esto, muchas veces no veías ni dónde estaba la dichosa pelotita. El as del frontón era sin duda Ricardo Hernández Brioso, el bien hablado como le decía don Juan Martínez, por lo pronunciado que era. Su familia, me parece, que procedía de Burgos. Un tipo fortísimo al que indudablemente le venía bien el apellido.
Cuando yo hacía tercero o cuarto pusieron duchas. Aquello marcó un hito. Poderte duchar con agua caliente al menos una vez a la semana rompió todos los esquemas de urbanidad. Íbamos pasando por turnos por las cinco o seis duchas individuales preparadas al afecto. Tiempo limitado, eso sí. No había que dormirse. He perdido la noción espacial de dónde estaban ubicadas, pero creo que era en el tercer piso en una especie de habitación amplia sin ningún mueble ni adorno, vaya, ni un simple banco de madera para sentarte, medio vestirte y atarte los zapatos. Pero bien, uno se apañaba con poca cosa. Una convivencia bastante espartana a todos los niveles. Todo esto que narro lo escribo con verdadero deleite y contento. Mi estancia en el Seminario lo recuerdo con un cariño muy especial. Más, con nostalgia de aquellos tiempos. No en vano ha sido la época de mi vida que más huella ha dejado en mi personalidad y modelado mi carácter. Aquellos años marcaron un rumbo del cual no me arrepiento. Tal vez fueron años duros, pero tampoco es para lamentarse. Prevalecen más en mí los buenos recuerdos que los malos.
Aquellos paseos primaverales de los domingos por la tarde, antes del canto de Vísperas, es una imagen imborrable. Dos hileras de doce, quince, o más, paseando unos hacia delante y otros reculando, en amena charla y camaradería, es una estampa desvaída de color sepia. Pero no sólo había un par de hileras en tal posición, había decenas deambulando así. Y aunque el patio hacía como dos campos de fútbol, cuando caminabas de espaldas, mirabas un poco de reojo para no chocarte con los que también venían reculando. Cuando llegábamos donde otra hilera venía, cambiábamos de dirección, y los que marchábamos hacia adelante, retrocedíamos.
Por los pasillos siempre íbamos en fila y en silencio. El tránsito entre un lugar y otro, si tú veías que te daba tiempo para ello, leías el Oficio Parvo. Una sana costumbre que evitaba en muchas ocasiones que enredaras a destiempo. Te daba tiempo de sobras de leer todas las horas del Oficio. Aún conservo el librito y de vez en cuando lo hojeo y ojeo. Después que salí del Seminario, seguí leyéndolo con asiduidad, hasta que otros quehaceres y la vida misma me fue alejando de práctica tan devota.
Con la llegada de la primavera toda la liturgia cambiaba. Resplandecía el blanco en los ornamentos eclesiásticos. El mes de mayo era una explosión de júbilo dedicado a la virgen María. Todo irradiaba alegría. Incluso el canto gregoriano lo plasmaba en sus notas. Aquel Regina Caeli cantado con ímpetu al llegar a la estrofa de “resurrexit, sicut dixit, alleluia, ora pro nobis Deum, alleluia”, es una buena prueba de ello. ¡Resurrexit!
El día grande del Seminario y que se celebraba con todo el boato y la parafernalia ad hoc, era el día de la Inmaculada. Para empezar, te levantabas más tarde y despertabas a base de sonoros estampidos. Un cañoncito de bronce era el causante de tales impactos sonoros. Yo no tenía ni idea de aquella costumbre y naturalmente aquella mi primera fiesta de la Inmaculada fue una sorpresa. Los que ya la habían vivido te explicaban, pero no era ni punto de comparación. La verdad es que no sé qué tipo de detonante se empleaba para aquellos estampidos, pero sí que los que manejaban aquel artilugio eran seminaristas mayores que se divertían de lo lindo con los trallazos y la cara que poníamos los pequeños ante aquel portento sonoro.
Sobre las diez de la mañana nos reuníamos todos en la capilla del Seminario Mayor donde oiríamos misa pontifical oficiada por el entonces Sr. Obispo don José Mª Alcaraz y Alenda. El altar aparecía repleto de curas y acólitos con toda la liturgia que conllevaba la situación. Se llenaba la capilla de olor a incienso con los turiferarios portando el incensario. El maestro de ceremonias va generando con disimulados gestos la posición de cada uno de los presentes y los movimientos a efectuar en los distintos apartados litúrgicos. Me resultó la ceremonia bastante larga para ser fiesta, o por lo menos, como yo entendía que debía ser una fiesta.
Pero todo llega y cada cosa a su tiempo. Terminada la misa, el patio se llena de la chiquillería para las prácticas deportivas preparadas para la ocasión. Un día verdaderamente bullicioso.
A mediodía, comida por todo lo alto. No sabría decir, se me ha pedido en el recuerdo, en qué consistía aquella comida extraordinaria, pero aquello desbordaba todas las previsiones, eso es seguro, comparado con un día normal y corriente. Realmente se tiraba la casa por la ventana.
Por la tarde, la jerarquía nos preparaba alguna película en consonancia con nuestra formación. Como no existía un salón de actos para estas ocasiones con sus butacas y demás, pues se suplía con imaginación. Cada uno de nosotros llevaba la banqueta o la silla que teníamos en el cuarto. Era, cuanto menos, algo exótico ver a la masa estudiantil llevando el asiento sobre la cabeza para entrar en aquella gran sala, donde en el fondo aparecía montada aquella vieja máquina con uno de los rollos ya dispuesto. No recuerdo el título, pero sí el protagonista que interpretaba aquella película: Kird Duglas, que aparecía en ella con el torso desnudo en varias secuencias mientras se lavaba en una palangana. Era musculoso y marcaba pectorales. Para mí han pasado cincuenta años y parece que fue ayer.
Al terminar 5º de bachillerato decidí motu proprio dejar los estudios eclesiásticos. No las tenía todas conmigo. Temía que llegado un día me expulsaran del Seminario con lo que para mí suponía tan denigrante tacha en mi curriculum estudiantil. Yo es que fui excesivamente travieso en mi comportamiento en el Centro. Eso sí, sano y simplemente para diversión estudiantil. Esto me dio que pensar y una tarde de Mayo escribí una carta a mis padres contándoles mi decisión. Recuerdo que mi padre me escribió una carta muy emotiva por su parte y que yo recibí con la misma emotividad. A los pocos días mi padre se presentó en el Seminario para terminar con mi estancia allí. Si yo hubiera actuado con más inteligencia y hubiese aguantado unos días más, el viaje se lo habría ahorrado a mi padre. Quedaba ya poco tiempo, pero el miedo a la expulsión pudo más que el sentido común.
Las casualidades de la vida son insondables.
Al año siguiente iba a examinarme de Magisterio a Badajoz y para ahorrar un dinerillo me fui haciendo autostop. Salí temprano para llegar a la hora de los exámenes y qué casualidad, en Zafra hice el gesto a un Seat 600 y me encontré a un conductor que yo conocía de sobras: D. Joaquín Obando que era entonces en mi época de Seminario director espiritual. Ni que decir tiene que la sorpresa fue mutua.
Cubrí el viaje hasta el lugar de destino.
Durante el trayecto estuvimos hablando de cómo me iba la vida, qué hacía, en fin de todo un poco habiendo sido profesor mío.
En un arranque de sinceridad por mi parte le hablé de lo bicho que había sido yo en el Seminario. Él asentía a mi dialéctica y le espeté sin ningún tapujo: “D. Joaquín, yo me he salido del Seminario temía que motivado por mi comportamiento díscolo y tal y tal….pues que me ibais a expulsar”, Se quedó todo pensativo, como si estuviera analizando los aspectos de mi vida estudiantil durante tantos años, para el coche en el arcén, entonces el tráfico por aquella general era escaso, me mira fijamente a los ojos y me dice: ¿Por eso te saliste? Se santiguó varias veces y me habló con toda la sinceridad del mundo diciéndome que jamás en las reuniones de la Dirección del Seminario se había hablado en tal sentido. Me recomendó después de una larguísima charla que si alguna vez pensara yo en volver, que tenía las puertas abiertas para reengancharme en los estudios eclesiásticos. En aquel momento no le cerré las puertas, pero los avatares de la vida me dirigieron al poco tiempo por otros derroteros de los que no me arrepiento. Terminé Magisterio, me casé con mi mujer y tuvimos cuatro hijos magníficos: Leticia, Tonacho (Antonio Ignacio), Marta y David.
Antonio Fernández Bozano

8 comentarios:

MANUEL dijo...

Querido Primo:
Te veo muy bien, incluso entre la juventud que te rodea en las fotos de tu blogs.
Te he localizado visitando el blogs de Barragán Lancharro, y he leído con emoción tu artículo sobre el seminario, especialmente cuando hablas de tus padres y los tíos de Cádiz.
Te vendes muy caro, por lo que te recuerdo que cerquita de Granja tienes a tu tía Eloisa y unos cuantos primos.
Yo tendo un modesto blogs, casi avandonado, al que puedes acceder simplemente con poner mi nombre
Besos para toda la familia.
M. Maldonado Fdez.

fernandezbozano dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan dijo...

Tremendamente emotivo. Resido cerca del Seminario desde hace un cuarto de siglo y he tenido ocasión de ver a algunos seminaristas granjeños por estos andurriales (últimamente menos, creo que Maxi fue el último). Hace varios cursos funciona como colegio diocesano, con institujto de secundaria y bachillerato. Son las consecuencias de la escasez de vocaciones. Saludos desde San Fernando, Badaajoz.

fernandezbozano dijo...

Gracias,Juan Durán,que debes ser de mi pueblo y conocerte yo por la referencia que me das de Maxi.¡Cuántas veces habré pasado por San Fernando de ida y vuelta!
Ya sabía que el Seminario funciona como colegio.Son los tiempos.
Ya me dirás quién eres.Abrazos.

Juan dijo...

En una ocasión me llamaste la atención porque Pepe Monda te había dicho que trabajaba en la enseñanza y te dije que soy educador social en un centro de reforma. A menudo nos vemos en vacaciones por el pueblo, paro en "calla reá" en la misma acera que vivíais vosotros pero más abajo, en el 67. En mi época de bachiller me juntaba con tu hermano José Ricardo aunque él era de una promoción anterior a la mía. Nos vemos en La Granja.

fernandezbozano dijo...

Ya,Juan,no necesito más explicaciones.Sé perfectamente ppor lo que me dices quién eres.Te veo pasar montón de veces acompañado por tu señora e hijos,creo,vaya,viniendo de Calle Real.
Y ¿cómo has encontrado el blog?Es simplemente curiosidad,Juan.
Abrazos para ti y familia.

Juan dijo...

Entrando en el foro de Granja leí tus comentarios y en algunos haces referencia a tu blog, a partir de ahí el Sr. Google se encarga de todo.
Enhorabuena por tus escritos y un saludo.
Juan Durán.

Ángel dijo...

Yo conocí a mi amigo Don Antonio Fernández Bozano y certifico que todo cuanto dice o escribe -una gran producción literaria no exenta de un ameno estilo- se debe en gran parte a la formación magnífica y exquisita que recibió en el centro, al que alude, (Seminario Diocesan de San Atón, en Badajoz) y a sus profesores.

Pero, naturalmente, de casta le viene al galgo. Conviene recordar que Don Antonio Fernández Bozano, condiscípulo mio, es hijo de un insigne profesor de Granja de Torrehermosa (Don Juan Fernández), aunque yo prefiero utilizar el término de "maestro".

Muchas personas se han perdido para tareas, cualitativamente más altas, en los campos de las artes de la literatura, de las ciencias etc. Ello es también causa de la crisis que padece nuestro país; porque uno de los grandes problemas que tenemos, el de la corrupción, no se explica sin la mediocridad de los personajes que dirigen y organizan los parámetros del entretejido social y cultural de España.
¡Adelante! Don Antonio! Siga Ud. escribiendo
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