sábado, 28 de agosto de 2010

UN DÍA CUALQUIERA

*UN DÍA CUALQUIERA

Aquel ambiente que envolvía al pueblo y que yo respiré cuando iba con calzón corto sobre las calles empedradas me parece lejanísimo, una estampa desvaída de color oscuro, como si hubiesen pasado siglos desde entonces, como si de un sueño en azul se tratase y del que despertase violentamente con el corazón desbocado en palpitaciones, con esa nostalgia que te lleva a añorar el tiempo pasado atraído por esos sueños irreales. Verdad es que aquella vida no era nada cómoda; sí, que en la realidad en que se vivía, había menos complicaciones, las exigencias eran menores y las limitaciones a las que estábamos sometidos van ahora envueltas en la bruma de la memoria, una nebulosa de difusas cortinas que empañan y enmarañan los recuerdos.
Los que vivimos aquellos tiempos de tacañería forzosa y obligada, no podíamos imaginar que con el paso de medio siglo nos habríamos de volver tan poco conservadores. Ahora ya no se remienda de viejo. Aquellos calzones que nuestras madres nos remendaban en las culeras con dos parches imposibles de disimular, bien visibles las distintas tonalidades de las telas rebuscadas en los fondos del baúl, me parecerían un borroso, un horroroso cuadro de Miró y nos da buena cuenta de las necesidades sufridas en aquella época de posguerra; aquellos platos lañados, con los bordes astillados y ennegrecidos por el uso, era una forma, tal vez miserable, de conservar aquellos utensilios, la mayoría de las veces de poco uso, puesto que el caldero en medio de la mesa, cuchara va y cuchara viene, fue la tónica en la gran mayoría de familias, y cada uno de los comensales al rebusco de alguna presa que llevarse a la boca; la mancera del arado, reatada con alambre ambas empuñaduras, era un ahorro en mano de obra y de remaches en la fragua, pasando en estos momentos a adornar casas de campo y museos rurales; aquellas alpargatas de esparto agujereadas por el dedo gordo, nos enseñaban a andar con cuidado en las calles llenas de guijarros, y las botas de campo, pieceadas con piel de becerro en la coyuntura de los juanetes, se asentaban sobre los encharcados barbechos como barquichuelas sin remos; y aquellos asientos de las sillas de aneas, desgarradas por las uñas de los gatos, deshilachadas y ajadas por el uso, recosidas con aquella agujas grandes de arreglar los costales, en un mosaico de colores y aposento de chinches y carcomas… Para qué seguir. Se terminaron los arreglos chapuceros cantados a plena voz y pregonados por calles y plazas. ¡Compro hierro viejo, metal viejo, camas viejas! ¡El latero! ¡Se arreglan sillas! ¡El afilaó! ¡Cambio crúo! ¡Soguerooooo!
En mis años de estancia en el Seminario, cada vez que tenía que marcharme a Badajoz, era como si me amputaran parte de mi ser. Por la noche se me agolpaban los recuerdos de la torre, los juegos en la plaza, el sol tras la sierra de la Grana, los cipreses del cementerio, la frondosidad del parque y el bullicio de las calles.
Entonces, a causa de los problemas económicos que conllevaba el trabajo del campo, me asaltaba una especie de pudor que me cohibía la inspiración, y me resultaba casi demagógico lo bucólico; sentir en las manos a través de la mancera la tierra herida por la reja; paladear las manzanas robadas en la huerta; pronosticar el tiempo a través de las rojizas nubes en la puesta de sol, o por la aparición de las hormigas alonas fuera del hormiguero, o si el aire venía gallego o solano. Decir esto parecerá literatura barata, una cortina de humo a aquella realidad endurecida por un trabajo de sol a sol. Sin embargo, el campo, al menos para mí, era la panacea y por esto hoy rompo un secreto guardado toda una vida, y manifiesto el reflejo de mi sentimiento.
María, la Cortijeña, era ya una vieja entrada en años cuando yo la conocí. Ya se sabe que la perspectiva de la edad de una persona cambia conforme uno va avanzando también en el tiempo. A mí me parecía una anciana y a lo mejor no lo era tanto.
Vivía en el barrio Cuenca dos o tres puertas más arriba de la mía, y yo frecuentaba las entradas en su casa, porque tenía nietos de mi misma edad: María y Javier; José, Juan y Teodorita eran más pequeños. La madre de esta tribu era Teodora, casada con José, el cuenqueño, hombre avezado en las faenas del campo, consumado experto en la tala de encinas y contumaz hacedor de los boliches que le proporcionarían carbón de leña y picón con el que soportar las intemperancias del invierno.
María se levantaba antes de que los primeros rayos rompieran la mañana, estuviera lloviendo o hubiera escampado, hiciera frío o calor, raso o nublado. Era menuda, de rostro surcado por profundas grietas, de un moreno bronceado por los rigores del solano y manos sarmentosas con los tendones y venas incrustados bajo la piel. Sus pelos canosos, bien repeinados, tan tirantes que parecían querer salirse de las raíces y arrancárseles de cuajo, y que terminaban en un moño que iba enrollando con el índice hasta darle la forma apetecida. Entre los labios, sujeta un par de negras horquillas que le servirán para que el moño no se desprenda de su posición. Qué habilidad en la ejecución con aquellas manos ya temblorosas.
Viste una saya negra y un refajo del mismo color que le llega hasta los tobillos, dejando entrever unas medias, también negras, y unas zapatillas, ya decoloradas, que en su tiempo también lo fueron. Lleva puesta una toca de lana algo denegrida que le cubre los hombros y le abraza la encorvada espalda. Sobre la cabeza, un pañuelo grande, negro azabache, anudado con un voluminoso nudo debajo de la barbilla, de donde caen las dos puntas en un ligero balanceo, como alas lánguidas de una enlutada mariposa.
Anda con pasos lentos como si tuviera miedo de perder el equilibrio ante cualquier sobresaliente del enrollado pavimento de la cocina. No utiliza el bastón, creo que por vanidad, más que porque le impida la realización de los quehaceres domésticos.
Coge una escoba, casi mocha, con los palmitos raídos de puro uso, y parsimoniosamente va llevando las hojarascas de la leña, hacia la candela que arde en una chimenea de alta campana, en cuyo vasar se ven un par de platos floreados apoyados sobre la pared, un puchero de cinc rojo con el esmalte saltado, como negros ojos, y un quinqué de petróleo con el extremo de la torcida requemada y la tulipa que cubre la llama, empañada por la grasa desprendida de pucheros, guisos y torreznos. El fuego se aviva prendiendo con rapidez una mata de verde aulaga y un poco de paja, en un sonoro chisporroteo que incendia la leña seca ya dispuesta. Las lenguas de fuego lamen una gruesa cadena de hierro que cuelga de una viga de madera ennegrecida por los muchos humos que la han impregnado y de la que pende una renegrida caldera llena de agua. Las llamas ya remiten, la leña termina en rojas ascuas incandescentes, las extiende lentamente con unas tenazas, y posa sobre las brasas un puchero pequeño de dos asas en el que ha dispuesto un par de latas de agua que ha cogido de una tinaja, roja y descascarillada, que está asentada en un trípode, allá en un rincón. Una tapadera de madera, limpia como un jaspe, estanca la boca y sobre ella descansa una lata de conservas con un asa estañada por el latero.
María mira si el puchero hierve, ya se oye el burbujear del agua. Con una cuchara de madera extrae de un paquete tres cucharadas colmaditas de achicoria que deja caer suavemente en el agua que cuece, cuidando que no rebose. Permanece quieta durante unos instantes sentada en el tajo de corcho. Con la punta del delantal aparta el puchero del fuego con mano temblorosa. Deja que se asiente la infusión y con un colador dispuesto sobre el tazón, embroca un cuarto de puchero y mancha el negro líquido con un chorreón de leche recién ordeñada de la cabra que campa ahora a sus anchas por el corral. Coge un trozo de pan y lo rebana en finas lascas con una navaja, de cachas de madera, y los pone en la humeante taza. Con la cuchara lo remueve parsimoniosamente, sin prisas, con cuidado. Prueba una pizca con la punta de la cuchara y a continuación va engullendo el alimento con su desdentada boca.
Unas gallinas picotean incansables y escarban frenéticas en el estercolero. El gallo, desafiante, abre ostentosamente las alas, alza la cabeza y se le erizan las plumas del pescuezo en un ritual gesto de fiereza. A su lado pasa una gallina con una fila de pollitos, amarillos como borlones, siguiendo a la madre que va cantando su rítmico cacareo. Picotea una tripilla, y toda la prole lucha a porfía por ver quién se lleva el apetitoso bocado, trompicando unos con otros en una sonora algarabía de pío, pío, pío.
En una desconchada pared del corral, bajo un cobertizo con dos palos en vertical que sostiene una techumbre cubierta de ramas grises, dos pellejos de conejo, ya secos, aún se mantienen pegados a la pared, desafiantes a la ley de la gravedad. Sobre un taburete de encina, se ve un fardo de pellejos atados con una guita.
Un cubo de lata, que en su momento sirvió de recipiente de aceite, cilíndrico, con los bordes remachados y un asa de recio alambre, del que cuelga una herrumbrosa herradura, permanece quieto, amarrado a una gruesa soga que pasa por una chirriante carrucha, sobre el brocal de rojo ladrillo del pozo.
A media mañana, Felipe toca el silbato. Un sonido vibrante invita a los vecinos a salir de sus casas con cántaros y cubos a reponer agua para uso culinario y llenar el botijo. Es un hombre ducho en el trato con el género femenino. Siempre hay alguna que trata de zaherir, eso sí, con buen humor, el tranquilo talante de Felipe. Ni se inmuta. A veces contesta pícaramente y las más, hace oídos sordos a las provocaciones. Está para lo que está. Tiene parada la cuba hacia la mitad de la calle; no le da la gana de bajar más para que la mula no sufra la cuesta arriba. Así, que todos a la plazoleta. Esperamos turno cada uno con nuestro cántaro. Siempre el mismo rito: Felipe coge la vasija vacía, la pone bajo el grueso grifo, apoya el cántaro en la punta de su pie para darle altura, abre la palanca de salida, y surte el chorro de agua clara con sonoro estrépito al llenar la panza de la vasija, en un principio, bronco, y al final, conforme se va llenando, en un suave siseo. Dos reales y para casa.
- Que no me eches las escurriajas – se queja una.
- No te preocupes, está limpia. De vez en cuando suelo limpiar la cuba – aduce sonriente.
- ¡A sabé si tú limpias la cuba o no la limpias! Como yo no te veo, verigua tú.
- Que sí, mujé, que m´ha dicho el veterinario que es necesario limpiarla pa que las animalas no cojan el tifu.
-¡ Mirá éste qué lengua má suelta tiene!
No hay agua para todos. Se quejan. No oye, el aire viene del otro lado. No hay respuesta. Da media vuelta y se dirige a la huerta para llenar la cuba y reemprender nuevamente la ronda allí donde la dejó. La verdad es que no tarda gran cosa, pero fastidia tener que venir otra vez.
Es media tarde. Los zagales hemos salido de la escuela y andamos por la calle con los repiones. Dejamos el juego. Hay novedades.
En la plazoleta se ha formado un corro de abundante chiquillería y no menor número de gente mayor. Ha llegado un cantor de romances y los asistentes le rodeamos con atención y curiosidad. Es un hombre joven que raya en los treinta, ciego por más señas, y le acompaña una mujer, joven también, con un vestido floreado y una larga melena rubia recogida en cola de caballo. Merodea por los alrededores un perro color canela, con el rabo entre las patas y mirada desconfiada al observar tanto alboroto y gentío.
Soy un pobre ciego,
como podéis ver,
y sin caridad no puedo comer.
Un amigo mío
todo esto escribió,
para que yo coma
me lo regaló.
De esta manera empezó su disertación.
En aquel tiempo se explotaba mucho el romance cantado en la calle. Se cantaban las coplas de un crimen, las gestas de un bandido, las guerras, acompañado la mayoría de las veces de un retablo en el que aparecen pintadas las escenas para de esa manera completar la imaginación.
Se me viene a las mientes en este momento aquel romance de la Agustinita que anduvo por el pueblo en su debido momento. Paso a transcribirlo para que los niños y jóvenes tengan conocimiento de esta historia que sobrecogió el ánimo de los de entonces. No sé si hay familiares de aquel suceso. Pero conste que en mi ánimo sólo existe el afán de que se conozca, sin ninguna otra pretensión, por la gente joven.
La Agustinita
En el pueblo de la granja / había una señorita
hija de Antonio Moreno, / que se yam´Agustinita.
Estando l´Agustinita / con su Redondo a la puerta,
vino su padre, el cruel, / la trató de sinverguenza.
- ¡Padre, qué malita estoy! / ¡Padre, que me voy a morir!...
Deje ust´entrar a Redondo, / que se despida de mí.
Y el padre l´ha contestado / con palabrah muy soberbia:
- Aunque te muerah mil vece / Redondo en casa no entra.
Adioh, Redondito, adioh / qu´en cielo noh veremo,
qu´el padre que me dio el ser / no quiere que noh casemo.
¡Ay, qué padre tan cruel / y qué familia tan baja,
que anteh de morir la hija, / le han encargado la caja!
La caja era de cristal; / lah columnah de madera,
que se la hizo Luciano / pa que Redondo lah viera.
Ya se ha formado el entierro / con mucha rigoridá;
Redondo iba delante / y Luciano iba detrás,
y el criminal de su padre / liando un cigarro va.
Al entrar en el cementerio, / Redondo le ha dado un beso,
y el criminal de su padre / le tiró de loh cabeyo.
A entrarla en el panteón, / Redondo s´echó a yorá,
y el criminal de su padre / le ha dado de puñalá.
Ya se murió Agustinita, / la de loh ojitoh garzo,
la que le quitó a Redondo / tantas horah de trabajo.
Ya se murió Agustinita, / la de loh ojitoh negro,
la que le quitó a Redondo / tantas horitah de sueño.

Los juglares, los romanceros, enjugaban las lágrimas y encendían la ilusión de los corazones. Sin proponérselo, el romancero desempeñaba la función de informar a los oyentes de cuanto ocurría en el vasto espacio geográfico. Fue debido a estos infatigables andariegos lo que permitió a los historiadores reconstruir parte de la historia cumplidamente.
En un principio, allá por la Edad Media, los juglares recorrían pueblos y caminos ganándose la vida divirtiendo a la gente con canciones compuestas por él o por otros, convirtiéndose en asiduos visitantes de los palacios reales y los castillos de los grandes señores. Esta gente procedía del pueblo llano y amén de una buena memoria poseían un espíritu extrovertido y una alta sensibilidad.
La llegada a las aldeas producía en grandes y gente menuda, alegría, algazara y ruidosos aplausos. Antes y después de recitar en la plaza, en medio de los pueblerinos ignorantes y cazurros, charlaba y charlaba en un monólogo cautivo, mezclando con exuberante agilidad noticias ciertas y maravillosos embustes de los países que según decía había recorrido. Ni que decir tiene el embeleso con que escuchaba el auditorio aquellas fascinantes y encantadoras historias.
El romancero – perdonad los tres párrafos anteriores que me he permitido narraros como simple información académica, gajes del oficio- lleva una especie de maleta donde se ven, dispuestas en fajas de papel, cuartillas impresas de distintos colores. Coge una de color azul claro y empieza a recitar, en un soniquete repetitivo, terminando cada estrofa en un tono más bajo, bien remarcado, y siguiendo en la siguiente estrofa, aumentándolo. Los muchachos no perdíamos oído a lo que contaba. Para nosotros no dejaba de ser un cuento medio cantado y medio recitado, y esperábamos expectantes a la finalización de la historia. Una vez terminaba, iba ofreciendo el romance al módico precio de diez céntimos. A mí se me iban los ojos tras aquel papel azul, pero yo no tenía diez céntimos, ni por el forro, y me quedaba con las ganas de tener entre mis papeles aquella endiablada narración. Si recitaba un romance de dos partes, que eran casi todos, sólo cantaba la primera, y en el acto ofrecía la segunda, si es que querías saber cómo finalizaba la historia, al precio de dos gordas. Me quedé con bastantes romances sin saber el final. Te quedabas así, a medias y con cara de tonto a los diez años con la curiosidad insatisfecha. Alguno ni lo empezaba siquiera, lo enunciaba más o menos así:
- Curioso romance, en que se declaran las portentosas hazañas del valiente Bernardo del Montijo.
- Romance en que se declaran los maravillosos sucesos de la muy noble señora Doña Fénix Alba: dase cuenta, cómo habiéndola sacado un amante suyo de su casa con engaños, la llevó a un monte, en donde le quiso quitar su honor, y la dio de puñaladas; como así mismo la venganza que tomó un león de su alevoso amante, y el dichoso fin que tuvo la señora.
- Romance en que se da cuenta y declara la trágica y verdadera historia de la hermosa Rosimunda.
- Florisela: primera parte. En que se da cuenta de los amores de la princesa Flamina y el conde de Barcelona, con varios acontecimientos del duque de Milán y el rey de Irlanda.
Terminada la actuación, cogió el hatillo con los archiperres y todos los críos fuimos detrás hasta la Parada, donde tuvo lugar la siguiente representación.
Los del barrio Cuenca nos dimos la vuelta, a trote de podenco, por la calleja de la carpintería del Manchego, y desembocamos en la del tío Lucas, hasta dar nuevamente en la plazoleta. Nos preparamos los trompos y después de echar suerte, a mí me tocó poner el mío dentro del redondel hasta que Quintana, Antonio, me lo sacó, de mala manera por cierto, de un puazo que me destrozó medio repión.
En el Jerrete, símbolo humilde de las labores agrícolas, entre unos cardos borriqueros en flor, con una manea que le deja poca soltura, un burro gris jaspeado trisca por los pajotes y entre unas briznas de correhuela en flor blanca, lleva en sus labios una amapola roja. La colonia de buitres vuela tan alto en la vertical del Jerrete, que se ven, en el azul del cielo, como gorriatos despistados, planeando en círculos, allá casi en los límites de la estratosfera.


A. Fernández Bozano

2 comentarios:

ELENA ZULUETA DE MADARIAGA dijo...

Es la primera vez que visito este blog y me ha gustado mucho, realmente merece la pena haber entrado en él y espero poder seguir haciéndolo.
Soy una profesional de la Gastronomía, pero siempre aprendo miles de cosas de los blogs de los demás.
gracias por haberlo escrito.
CUATRO ESPECIAS

fernandezbozano dijo...

Gracias,Elena.No entro mucho en el Blog y se me había pasado tu comentario.Gracias por tu comentario,CUATRO ESPECIAS.